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!Abre, Manuel!

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¡Abre, Manuel!

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

29 de mayo de 2007 (9:30 PM)   

 

 

“Es mejor acostarse sin cenar que levantarse con deudas.”

Benjamín Franlkin 

                      

 

—¡Abre, Manuel! Yo sé que estás ahí. ¡Abre, carajo! —vociferaba Claudio, al tanto que golpeaba la puerta constantemente con la mano.  

 

Manuel estaba adentro, pero esta vez no pretendía abrirle como en otras ocasiones; es que no tenía dinero ni siquiera para pagar los intereses acumulados de un mes. 

 

Afuera caía una llovizna persistente, la que motivaba a los compueblanos a entregarse a sus sueños con más placidez. A lo lejos se escuchaba una vaca mugir de vez en cuando.    

 

Manuel decidió levantar su hogar cerca del barranco entre cambrones y maleza porque las penurias no le habían dejado más remedio que esa posibilidad. Esa noche, el viento hacía zarandear las maltrechas planchas de zinc, las que tan solo eran sostenidas con algunos pedazos de bloques de cemento. 

 

»¡Abre, Manuel y da la cara, mala paga!  

 

Pero Manuel no hablaba. Se ocultaba detrás de unas cortinas raídas, mientras se mordisqueaba las uñas de las manos. La angustia que sacudía su corazón no le venía por el hecho de no tener dinero para cumplir con su deuda, sino porque tendría que sentarse a escuchar esa larga y monótona perorata de Claudio en torno a la palabra empeñada de un hombre, etc.  

 

 »Si no sales, Manuel, juro que tumbaré la puerta a patadas.

 

 —Vete al infierno, usurero de la porra —dijo Manuel a regañadientes. 

 

  De Claudio se escuchaba a rato el chasqueo de la boca como un látigo que restalla furioso en el aire. 

 

 De repente, unos pasos se escucharon aproximarse por el flanco derecho del rancho, machacando el mojado yerbajo. Fue entonces cuando Claudio cesó de berrear su enfado. 

 

 »¡Manuel ! ¡Manue!  ¡Abre, coño que son atracadores!  ¡Abre, Manuel! 

 

 —Jum, qué gancho —. Susurró Manuel. Acto continuo estiró, lenta y quejumbrosamente, la pierna izquierda, la que de tanto estar en la misma posición flexionada, le había provocado un calambre.

 

 —¡Abre, Manuel! ¡Abre por Dios que vinieron a matarme! —tronó Claudio en aparente desesperación. 

 

—Qué cuentazo. Dizque que le abra, como si yo fuera un pendejo —murmuró Manuel al tanto que se sobaba la pierna adormecida. 

 

Entonces se escuchó un grito desesperado. Un grito como cuando le hunden un puñal a uno en el estómago. Luego un balbuceo como si alguien estuviera tapándole la boca a un segundo. Aun así, Manuel, suspicaz, no movió ni un dedo.   

 

Un mutismo turbador se había enseñoreado de aquel lugar por un largo rato. No obstante, disuelto el pavor, Manuel decidió salir de su  escondite. Y casi a hurtadillas fue a fisgonear por entre las rendijas de las tablas. Miró de izquierda a derecha y como sólo logró divisar sombras vagas de ramas, dejó escapar un hondo suspiro de alivio. Pero, acuciado por la curiosidad, extrajo una caja de fósforos del bolsillo de la camisa y raspó uno, cuya luz amarillenta fue a rutilar en un hilillo de sangre que se escurría por debajo de la puerta. 

 

—¡Mierda! —se dejó oír Manuel, atónito por lo que acababa de presenciar. Acto seguido le quitó el pestillo al postigo, cuyo giro pesaroso hizo chirriar sus goznes enmohecidos.              

 

 Asomó la cabeza con los ojos entornados y, al no ver nada, volvió a prender otro fósforo. Esta vez logró notar en el suelo, un charcuelo de sangre y un cuchillo ensangrentado, entonces se dijo con cierto aire socarrón:    

 

 »Caray, es lamentable, pero ¿Me habrá librado de la deuda la muerte?             

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Comentarios !Abre, Manuel!

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