Avisar de contenido inadecuado

Añoranzas entre miseria

{
}

Añoranza entre miseria

                                                                 

 

Añoranzas entre miseria

Jhovanny Marte Rosario

12 de febrero de 2005

(6:48pm)

 

 

“La pobreza no viene por la disminución

de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos.

Platón

 

 

 

En tu memoria, compatriota,  René del Risco Bermúdez,

 porque tus letras están preñadas de nostalgia y ternura.

 

 

Mierda, Dominguito, a donde viniste tú a nacer: en el mismo barrio de mi natividad, con los mismos chismes y  el mismo ambiente decepcionante de toda la vida. De cualquier modo, yo nací aquí: en este barrio tosco y escandaloso. Aquí di mis primeros pinitos, mi primer beso, mi primer pleito a puñetazos, aquí perdí mi inocencia en los callejones, aquí aprendí a escribir las cinco vocales con “a, e, i, o, u, el burro sabe más que tú.” Aquí, Dominguito, ja, ja, ja, ja… tuve mi primer estrellón en aquella destartalada bicicleta de, “El Riquito,” como le decíamos a Jimmy,  el dueño de las dos única bicicletas en el barrio, las que nos solía alquilar por… a ver… creo que ya no recuerdo, ¡ah, sí, sí! Le pagábamos 2 cheles por 3 minutos de alegría en pedales. Sí, Dominguito, en este barrio bochinchoso tuve mi primera desilusión amorosa. En este barrio en donde murió mi padre. ¡Si lo hubieras visto agonizar! Sus ojillos estaban lleno de miedo. ¿Por qué? Porque no hay nadie que me discuta, que una cosa es retar a la Muerte y otra es verse arrastrado por Ella, a lo desconocido.

 

¡Cuán rápido pasa el tiempo! ¡Cómo cambia la vida, Dios mío! Casi no puedo creer que ayer, lo recuerdo nítidamente, ayer era tan solo una carajito embromón, y hoy, Dominguito, hoy  estoy vuelto un hombre de pelo en pecho, pero sin un techo propio. Viviendo en esta… miserable pensión de mala muerte, con vecinos tan hijo de la gran puta como sus juegos de dominó y  constantes borracheras. Todo este “modus vivendi” me hace pensar que sólo soy un personaje más de “La comédia humaine” de Balzac. Un azaroso más de este mundo de injusticias.  

 

La vida, Dominguito: entre tú y yo, no es más que un circo ridículo de mojigangas y chifladuras, y nosotros, sus más tristes payasos. Yo soy un ejemplo vivo de ello. Fíjate no más, ya han pasado varios años de duro trabajo y grandes sacrificios y nada aún. Soy la misma vaina de siempre. Rodeado de miserias e infortunios. Hace ya un año que debí egresar de la universidad estatal con el título de Doctor en Derecho, pero la estrechez en la que uno vive, no le da tregua al de la clase baja para encumbrarse en la vida a un punto cimero; y si supieras tú, Dominguito los majaguazos que debí dar y recibir para inscribirme en la universidad. A puros coñazos pude lograrlo. Sí, ¡Cogiendo lucha! ¡Rompiendo brazos!

 

Busco a tientas una razón lógica, infalible, que me diga el porqué de toda esta fatalidad. Sí, alguien que me diga, ¿Por qué aún no he salido de la hoya en donde me encuentro, a pesar de los ingentes esfuerzos que he hecho desde pequeño para zafármele a la penuria? 0 ¿Será que mi honestidad ha sido mi gran pecado? ¿Será que por privar en serio me he jodido yo mismo?

 

Este barrio, Dominguito es el testigo silente de lo que he trabajado y estudiado para ser alguien diferente a lo que soy hoy –el mismo individuo de hace casi veinticinco años-, ceñido al mismo cordón de miseria. ¡Qué sistema tan empobrecido me ha tocado enfrentar! A veces me pregunto si Dios nos ha enviado a cada quien a un lugar específico de este planeta, según los actos que hayamos cometimos allá arriba cuando éramos espíritus celestes. ¿O es todo esto aposta? Y lo digo, Dominguito, porque habiendo tanta tierra en este mundo, al Todopoderoso se le ocurrió enviarme a una isla divida en dos y con  vecinos tan pobretones como los de algunos lugares de África. ¿Ofendo a la Patria con esto? ¿Y de qué me sirve una bandera nacional si mis bolsillos están vacíos? ¿Cómo puedo entonar un himno nacional si el hambre no me deja coordinar bien las palabras? Sólo al capitalista le conviene que exista patria para poder usufructuarla como lo hace el becerro con las ubres de la vaca. ¡Malditos! ¡No saben lo que es coger lucha!

 

Yo,  sin exagerar en lo que digo, soy de  fucú como el par de tenis en el tendido eléctrico, junto a sus inseparables compañeras, las chichiguas reventadas, tostadas por el tórrido sol, enredadas entre los cables, esperando que alguien las baje como deberían hacer con los impuestos de este pueblo sufrido. Mucha razón tuvo mi padre, Dominguito cuando decía que la pobreza es una enfermedad. Quiero a mi Patria, Dominguito, pero la necesidad a veces empuja a un hombre a vender hasta un riñón para no dejarse morir. Lo sé, lo sé, Dominguito que vivir sin patria es lo mismo que vivir sin honor, pero también sé que vivir con patria y con el estómago vacío es lo mismo que tener un plato y no tener la yuca para llenarlo y llenarse uno.

 

Mira Dominguito, si un día de estos me ves, cabizbajo, desandar las calles del barrio, con las manos en los bolsillos, displicente, insatisfecho, confundido, en búsqueda de una respuesta cuerda (que no sea la misma que he escuchado desde que tengo uso de razón): “que somos los arquitectos de nuestro destino”, aunque sé que en parte lo somos,  de cualquier modo, si me ves así, vuelto una bazofia, no me acuses de ser pesimista, no me digas que estoy frustrado. No, no lo digas, que sólo soy un ser humano más, víctima del sistema torcido en que me tocó vivir.

 

¡Pura mierda, Dominguito, pura mierda!  Esta vida es un tollo. ¡Al diablo con esos filósofos que tratan de convencernos de que todo marcha bien en este planeta de sicópatas! ¡Al diablo con sus filosofías baratas! “Nihil tam absurdum, quod non dictum sit ab aliquo philosophorum”: No hay absurdo que no lo haya dicho algún filósofo. ¡Al diablo con el jodido Karma! ¡Al diablo con todos los que nos han prometido algo mejor y no lo han cumplido! ¡Al diablo!

 

 ¡Mírame, Dominguito! He leído un gran legajo de libros de manera patológica. Algo así como un refugio para guarecerme del mundo artero que me rodea. He leído el Quijote de Saavedra, Las aventuras de Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle, todos los cuentos de Juan Bosch, las poesías de Salomé Ureña, El hombre mediocre de José Ingenieros, La Biblia, El Corán, a Shakespeare, a Virgilio, a Ernest Hemingway, a Las mil y una noche, a Los miserables de Víctor Hugo, a Lope de Vega, a Liev Nikoláievich Tolstói, al poeta Charles Pierre Baudelaire, a Guy de Maupassant, a Luigi Pirandello, los tomos del Capital de Marx…he leído, Dominguito hasta Los Quince minutos y mírame,  aún vivo en la misma porquería de barrio.

 

Es risible que Anastasio, mi eterno rival, aquel que nunca se interesó por los estudios, hoy recorra las calles de este suburbio en un carro de lujo con música ensordecedora, en inglés, que ni siquiera él mismo sabe lo que dice. Sin embargo, yo que he sido el tipo de los libros, recorro las calles de mi pueblo en conchos descompuestos, los que si no corcovean, van arrojando una tóxica humareda por doquier. ¡Hasta el planeta vamos a joder por arrojar tanta mierdería! Yo Dominguito, que hasta alma de poeta tengo, yo que he aprendido a escribir cuentos, yo que no dejo de leer, sólo me ha tocado viajar en chatarras: apretujado como sardinas enlatadas. Desgarrándome las ropas con los esprines del maldito concho. Y hoy, sólo porque Anastasio fue a Nueva York, a lavar platos y cambiar sábanas en hoteles pletóricos de xenófobos, hoy lo adoran como a un afamado intelectual y apenas leía los paquitos de Condorito y las aventuras de Calimán. ¡Es absurdo, Dominguito! ¿No crees? ¿Cómo no ser ateo o hereje en este mundo? Dímelo tú, Dominguito, dímelo.

 

No obstante, mi consuelo es Julio, el soñador como una vez le puse, quien no sale de una deuda con los prestamistas y siempre se la pasa hablando de sus grandes planes de negocios. Que pronto se conseguirá una “tipa que viaje,” (no importa que tenga la edad de su madre), que un día de estos conseguirá un puesto en el gobierno, que en cualquier momento se irá en yola para Puerto Rico a ganar dólares, que se meterá en una mafia para traficar lo que sea: droga, gente, mercancías, que esto, que aquello… Julio siempre me ha dicho que no pretende morir pobre, y ja, parece que la vida nos ha jodido los planes, porque ambos lo que parecemos es a Don Quijote y Sancho Panza, dos locos sin manicomio.

 

Ya Ramón (el pollero), se mudó del barrio porque se pegó en la política y consiguió un carguito y de la noche a la mañana ya lo llaman “Don Ramón”, y ni siquiera la primaria terminó de cursar. Pensar que mete esas embarazosas eses cuando habla. ¡Ay, la política! ¡Qué plaga tan ignominiosa! ¡Cualquier vaina es un político en mi terruño! ¡Cualquier vaina, Dominguito! ¿Cómo no evitar ser comunista en esta isla empobrecida por los malos y rapaces políticos? ¿Qué diría, Duarte de toda esta pendejada? ¡Seguro que vomitaría hasta la hiel! ¿Cómo no manchar las paredes de la ciudad con graffiti  y mensajes de abajo el gobierno o de fuera a  los yanquis? ¿Cómo no hacerlo?

 

¿Sabes tú, Dominguito lo que es humillación? ¿Sabes tú lo que es un ludibrio? Pues nada más y nada menos que tener que escucharle la boca a Doña Chencha (la usurera); esa mujer sí que es interesada con sus chelitos. Cuando no le pago alguna deuda a tiempo, me reprocha como si yo fuese su hijo y pensar que ella conoce el cero porque le ha visto el culo redondo al perro. Esa señora prospera merced al pingüe beneficio que le deja su negocio ¡Ah, y gracias a su compraventa, en donde descansa en paz  mi televisor! He ahí a lo que yo llamo una verdadera degradación humana. Si Dante hubiese sido dominicano de seguro que le hubiesen sobrado las ideas para perfeccionar su Divina Comedia, porque aquí, Dominguito, desde que el sol sale hasta que se pone la vida es sólo bregar para sobrevivir.

 

¡Caray, cómo extraño los días de mi infancia, Dominguito! Aquellos en los que no solía tener estas preocupaciones y compromisos de adultos. Esos días cuando mis amiguitos y yo solíamos volar capuchines, los que la artera brisa nos solía reventar. Aquellos días de los trompos locos, las bellugas correcaminos, los fufúes intrépidos, los neumáticos andariegos que solíamos empujar con un pedazo de galón, al cual llamábamos guayos o aquellos neumáticos rodantes de carros que empujábamos con dos palos de escoba por los cuales llevábamos tantos chancletazos y  tantas pecosá. Sí, Dominguito, sí que nos divertíamos, mientras ronroneábamos con nuestras bocas el sonido peculiar de los autos de carrera, Fórmula 1. ¡Carajo! ¡Sí que éramos felices para entonces!

 

Mas hoy, Dominguito, ¿A dónde se habrán ido las tardes de alboroto cuando solíamos jugar a La plaquita o a Una, dos y tres pisacolá? ¿Qué fogón habrá consumido las tablas de aquel viejo ventorrillo donde tantas veces maté mis hambrunas con aquellos suculentos coconetes y los refrescantes mabíes? ¿Entre cuál sábana se acurrucaría mi primer idilio, aquel que pensé eterno? Aquella muchacha que sólo supo dejarles llagas a mi alma…, pero que de vez en cuando me transportaba a lugares mágicos con sus jueguitos eróticos.

 

¿Entre cuáles musgos quedarían atrapados los pedazos de mosquiteros con los que solíamos atrapar pececitos en el arroyo? ¿A dónde estarán aquellos amiguitos con los que solíamos robar mangos en el conuco de Sinforoso? ¿Habrán muerto algunos ya? ¿A qué vertedero irían a parar aquellas tapitas de refrescos que recolectábamos y machacábamos  y que luego apostábamos en contienda de bellugas? ¿Cuáles brisas borrarían las huellas de aquellos carritos cajebola que fabricábamos en nuestra propia fábrica conformada por todos los chamaquitos ingeniosos del barrio?

 

¿Entre cuáles caños quedarían varados los casquitos de muñecas o las pelotas hechas de trapos que forjábamos para soñar a los peloteros? ¿En qué vertedero se perderían aquellos tiradores con los cuales cazábamos las pinchitas y los saltacocotes? ¿Qué rocío roería los tirapós que casi mataban de susto a los viejos. ¡Concho! ¡Cuántos cocotazos nos dieron por tan terroristas bromas!

 

¿Cuáles gomas siameses de camiones  aplastarían los carritos que solíamos inventar con jabillas y cartones de Chocorica? ¡Nunca olvidaré las tardes que jugábamos a El que apara batea con pelotas de goma las que bateábamos con los puños cerrados y que tratábamos de atrapar con guantes de cartón hechos por nosotros! ¿Entre cuáles crepúsculos se fueron desvaneciendo aquellas noches que solíamos congregarnos en la esquina del colmado Don Pedro para narrar docenas de cuentos de todos los colores? Nuestros preferidos, Dominguito eran los de Pepito, esos tan rojos, que nos hacían reír a mandíbula batiente. ¿Dónde estarían las plumas de las gallinas que solíamos robar para los cocinaos? Ah, la esquina de Don Pedro, a donde iban a parar todos los chismes del mundo, a donde se ventilaban  hasta los cuernos que le pegaban a Rodolfo, el guachimán, aquél, quien para las navidades, nos amenazaba tanto con tumbarnos las latas que colocábamos casi en su frente para prepararnos té de jengibre o algún chocolate para matar el friíto navideño, al tanto que entonábamos todo tipo de villancicos: “De la montaña vengo para invitarte a cantar”, “ábreme la puerta, ábreme la puerta que allá adentro veo un lechón asao”, Por ahí María se va, una vieja se comió, por ahí María se va.”

 

¿Cuáles vientos arrastrarían los boches que nos solía meter la vieja Ana, la misma que murió —maldiciéndonos, creo— porque dizque no le gustaba que instaláramos  juegos de vitillas en su frente? ¿Entre cuáles brumas descansarían  aquellas noches de harturas en la fritura de doña Mamota, aquella mujer de ruda apariencia, pero que por dentro era un alma de Dios, y de eso hacen eco como testigos los pedazos de morcillas, las batatas fritas, los cocotes de pollos, los tostones, las mollejitas que ella nos sabía intercambiar por cada pedazo de madera que le lleváramos para cogerlo como leña para su anafe?

 

¡Ah, Dominguito!, ¿a  qué abismos irían a agonizar aquellos días de idilios, de cuitas de amor, de sustos en los patios oscuros cuando, a veces,  me atrapaban chuleando con las doncellas más frenéticas e impúdicas del barrio? ¿Qué gotas de agua borrarían las letras de las cartas que solía escribirle a la señorita Gertrudis, la maestra de Ciencias Naturales? ¡Mi amor platónico! Aquella quien siempre me reprochaba discretamente mis enajenaciones sentimentales, pero que un buen día me dio un besito furtivo en la boca. Esa que un aciago día quedó embarazada de Alejandro, el profesor de Educación Física, el mismo  quien nunca se enteró que era yo quien les desinflaba los neumáticos de su carro. 

 

¡Maldición! Dominguito ¡Qué sórdida metamorfosis esta! Porque aquí estoy yo, en el mismo barrio, soñando con un porvenir mejor que se ensombrece lentamente en las agujas asesinas del tiempo. En el mismo barrio, Dominguito, con un pasado que pervive en cada rincón de mi alma, con un pasado cómplice y mudo de tantas vivencias que jamás volverán.

 

Ja, ja, ja, ja, heme aquí, Dominguito, en este barrio, con docenas de libros apiñados en cajas de cartones. Soñando con ser algún día un petit burgeois para dejar de una vez y por todas la Zona Franca y dejar de piratear por las noches en el concho. Heme aquí, agitando este biberón. Cambiándote los pañales. Heme aquí, amancebado con una doncella a quien vi andar en el barrio en panti, con la barriga desnuda como un sapo ventrudo, a la misma que veía con la cara sucia,  esa misma que solía ver cargando agua en lata o en galones, a esa que solía vociferarle burlonamente: “Tres moñitos jediondo a gas es el pique que a mí me da.” Esa muchachita que tanto me veía arrastrando sacos de basura para arrojarlos a las cañadas. La misma que hace poco era una adolescente y ahora es la madre de Dominguito, tu madre, Dominguito, tu madre. 

 

      

 

 

{
}
{
}

Comentarios Añoranzas entre miseria

Leyendo este cuento por un poco se me salen las lágrimas.  Me recuerda a un yo en esos primeros años de mi juventud.  Por lo menos yo pude echar vuelo y buscar otros horizontes.  No obstante, tengo los mismos sentimientos que muy bien expresas porque esa es la cara desnuda de mi pueblo, nuestro pueblo.  Me gusta la forma libre en que te expresas y te felicito.
Marcos A. Cabrera Marcos A. Cabrera 18/05/2008 a las 06:29

Deja tu comentario Añoranzas entre miseria

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre

Los comentarios de este blog están moderados. Es posible que éstos no se publiquen hasta que hayan sido aprobados por el autor del blog.