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El burro y el caballo

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El burro y el caballo 

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

30 de noviembre del 2004 (9:39 a.m.)    

   “Existen tres verdades: la tuya, la mía y la verdad.”

Anónimo. 

 

 

En cierta ocasión, se toparon un burro y un caballo junto a un cristalino abrevadero. Se aprestaban a saciar su sed. Viendo el rocín el cuerpo maltrecho, sarnoso y enjuto del borrico se precipitó primero al abrevadero para tomar del líquido, mientras decía de modo altanero:  

­­-Endeble jumento, es una insolencia de tu parte estar en el lugar donde me encuentro. No eres digno de beber del agua que  he de libar. Tan sólo mírate, eres un asno enclenque y feo. En cambio yo, soy un corcel de venusto cuerpo: brioso y límpido. ¿Por qué no llevas tu cuerpo, junto a su miasma y endeblez lejos de mi presencia?   El burro, quedamente, clavó sus ojos molidos en la esbeltez del caballo; sacudió su cola rala para espantar los insectos engorrosos que revoleteaban sobre él, dio un paso hacia delante, amusgó sus largas orejas y comentó: 

 -Es cierto, señor, caballo que mi actual desfachatez física, más  mi realenga forma de caminar son defectos deplorables y en cierto grado, repugnantes a la vista de muchos. Pero mi humilde especie en algo supera a la suya. 

-¿Qué dices, burro bribón? El contraste que existe entre nosotros es diametralmente desigual. En nada, bajo el ancho cielo, podría tu inepta especie descollar sobre la nuestra. ¿En qué podrían ustedes, los burros, superarnos? -inquirió el caballo, barriéndolo con la mirada. 

-En el fin del servicio, mi señor  -contestó el burro de modo escueto, al levantar su extenuada mirada al cerúleo firmamento. 

-¡Desvarías mucho, burro inútil! Mi amo me baña con esmero y pulcritud y enalbarda con delicadeza mi cuerpo. Peina mis crines cariñosamente con  mullido cepillo. Protege mis pezuñas con fuertes y caras herraduras, acicala mi cola con arrumacos. Mi amo, mi amo, es débil ante mis melindres. Mi raza es superior a la tuya, burro presumido y deslenguado - replicó el caballo con marcada viso de ira. 

-Disculpe mi tozudez en cuanto a la superioridad de mi raza, señor caballo. Admito que mis crines son berrendas y ralas. Sé que mi lomo nunca ha sido adornado con las lindas jaeces que a usted le suelen componer. Mas le recuerdo que nuestra  grandeza no radica en los mimos ni en los atavíos de caballería, ni los adornos caros y relucientes que a usted le suelen emperifollar. Nuestra grandeza va más allá de esa nimiedad -porfió el burro de forma serena.  

-¡Estúpido burro!  ¿Qué no ves?  Soy el rey de la resistencia, pero tú, eres el rey de la debilidad. A ti, te cimbran una retahíla de palos para que puedas moverte y avanzar. En cambio a mí, no me dan azotinas porque soy ágil, soy  un ejemplar de pasos finos, no obstante lo tuyos… son burdos. Escucha esto, burrito de pacotilla, mi especie, ha llevado sobre su lomo a: poderosos reyes, a augustos príncipes, a los grandes generales de la humanidad, a los más ágiles jinetes de los hipódromos, a los grandes mosqueteros de todo el planeta. ¡Somos la raza  predilecta por los grandes hombres del mundo! -aclamaba el caballo con ínfulas y relinchos megalómanos.     

Entonces, una luz del cielo reverberó en el rostro del burro. Mientras un haz de la refulgencia celeste se encabrillaba en las aguas del abrevadero. Al tanto que, el viento bramaba melodioso en las copas de los árboles, los pajaritos entonaban su canoro trinar, y fue ahí cuando el burro reveló con jovial mirada: 

-En nada ha errado, señor caballo y; de eso que acaba de recordarme pueden dar fieles testimonios: el Rey Arturo, Sir Lancelot, el General Alejandro Magno, el Emperador Napoleón Bonaparte, el Soñador Don Quijote, y hasta el Sátrapa Trujillo, pero el servicio de sus caballos siempre fue mercenario y maligno, porque el fin que perseguían sus amos era una mezcla de atrocidades y actos violentos. O sea, su objetivo fue meramente destruir. Pero el servicio de mi especie ha sido noble y en suma, humilde: deleitar a la humanidad con lirismo y dulce nostalgia encarnado en el afable Platero y el servicio inigualable de cargar en el lomo, al Rey de reyes, al Salvador de todo ser vivo, a Jesús de Nazaret. ¡He ahí, mi divina grandeza!   

Entonces, el burro se acercó al abrevadero con pasos lentos y rencos. Sumergió sus belfos en el  fresco líquido para saciar su sed con frugal actitud y fue ahí cuando el caballo se encabrilló en sus patas traseras. Piafó la tierra con rabia y relinchó con gran estridencia. Volvió sus ancas al burro, lo miró de reojo, mientras sus músculos se contraían. Midió la distancia que lo separaba del jumento para cimbrarle la madre de las coces... súbitamente algo lo detuvo y pronto depuso su actitud beligerante: la Verdad de los hechos. Entonces se precipitó al campo abierto, galopando, sin reparar ni un segundo en su sed...  Finalmente, el burro pensando que el caballo estaba todavía detrás de él, murmuró: 

­–A decir verdad, señor caballo, ambos somos importantes para Dios, porque cuando Cristo regrese a la tierra a luchar contra Satanás, vendrá a caballo, en un caballo blanco, señor, en uno de pura sangre…           

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