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¿Por qué la gente pega cuernos?

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¿Por qué la gente pega cuernos?

(Las 14 técnicas de un infiel perfeccionado)

 Jhovanny Marte Rosario

 

 

El hombre engaña más que la mujer, pero la mujer engaña mejor. 

Joaquín Sabina

Preámbulo

Hablemos sin tapujos, el ser humano es una criatura que se aburre fácilmente de lo que hace y tiene; por lo que, para  mantenerse con cierto nivel de satisfacción precisa de una gran variedad de actividades que lo mantengan ocupado, que lo estimulen a estar en constante movimiento. En las interrelaciones con su medio social el ser humano nunca será un individuo sedentario, sino un pertinaz nómada. Esto se da tanto en el interior del individuo como en su exterior, en todas partes, en todas las direcciones y en toda actividad humana: en el trabajo, en la escuela, en un cohete, en el amor, en el sueño, en los pensamientos… ¡El ser humano es eterno movimiento!

En cada corazón humano palpita una imponente necesidad de cambio, de probar cosas nuevas, de pasar por lugares diferentes como hace un peregrino sin rumbo fijo. Esto se evidencia desde temprana edad. El niño que, por ejemplo, recibe un juguete nuevo se revienta de alegría, destapa el regalo con ansiedad, lo toca, lo huele, lo prueba, duermen con el juguete, ríe por el juguete, juega febrilmente durante varios días y, por esta razón lúdica, el niño descuida todo a su alrededor: la tarea,  ducharse, arreglar su cuarto. Su enajenación emocional llega a ser tan intensa que es posible que hasta olvide algo tan básico como es el alimentarse. ¿Todo por qué? ¡Por el nuevo juguete!

No obstante, pasado un tiempo, la fiebre por el juguete se calma, y todo empieza a volver a su normalidad, al igual que le sucede al volcán después de escupir lava, piedra y cenizas por su boca.  Como es de esperarse, el chiquillo vuelve a caer en la rutina (su rutina) en el tedio (su tedio), en la pasividad (su pasividad), y paralelo a esto nace el deseo de probar algo nuevo, algo que reviva la alegría, algo que lo haga sentir vivo: El cambio. Y este ciclo de un constante experimentar cosas diferentes en el ser humano se repite una y otra vez hasta la muerte y muy posiblemente más allá de la muerte. He ahí una de las grandes situaciones de la humanidad: la necesidad imperiosa de probar algo  distinto. Siempre será así. Así fuimos creados. No somos materia inerte ni cosa estática, sino átomo vivo.

Lógicamente, como he de esperarse, el amor  no  escapa a este despiadado juego casi sintomatológico de los seres humanos llamado: infidelidad. Sin embargo, y afortunadamente contamos como contrapeso de la inclinación a ser infieles: con los valores humanos, con la moral, con la conciencia, con la vergüenza… Irrefutablemente, todos queremos amar y ser amados. Del mismo modo, procuramos que nadie intente jugar con nuestros sentimientos, en pocas palabras, tratamos que no nos sean infieles.

Pese a nuestro privilegio de ser criaturas pensantes y de conciencia, pienso que en este mundo tan solo un mísero número de personas se afana con integridad moral a respetar el pacto del amor, es decir a ser fiel a la pareja. En resumidas cuentas, todos reclamamos fidelidad, pero muy pocos somos capaces de ser fieles. Engañamos sin ningún empache, a escondidas, a hurtadillas, sin reparar en el terrible daño psicológico que le podríamos causar a la pareja y a todo lo que gravita alrededor de uno mismo. A veces, sin saberlo, nos convertimos en asesinos de corazones en verdugos del amor.

Todos en algún momento de  nuestras  vidas  hemos pecado en el amor, ya sea por debilidad de la carne, por locura, por venganza, por curiosidad, por pasión o por algún interés sórdido. Por su puesto, unos más que otros. Y es que el ser humano es una criatura perennemente inconformista; se cansa muy rápidamente de lo que tiene, nada lo complace eternamente. El ser humano es pues, un animal insaciable y lascivo. Y gracias a Dios que contamos con escuelas, iglesias, tribunales, cárceles, castigos y la pena de muerte en algunos lugares, sino este mundo fuera un verdadero caos carnal, un antro de súcubos e íncubos.

Reitero pues que los niveles de infidelidad de cada ser humano varían inmensamente de persona en persona, según, por supuesto: el nivel de moralidad de cada persona, la edad y sus intereses materiales. En el mundo que nos ha tocado vivir, la mujer, en cierto sentido, lleva tres veces la de perder: 1- En sentido biológico, porque es a ella a quien le corresponde llevar la inmensa carga de un embarazo. 2-  En sentido social, porque se le reprocha más el desliz en el amor. Si te acuesta con más de dos hombres eres una prostituta, se dice socialmente. 3- En sentido judicial, porque el hombre es por lo general quien escribe, promulga y hace cumplir las leyes.  

Mientras que al hombre, esa misma sociedad, se encarga de aprobar su promiscuidad subterráneamente; es decir, que la sociedad tolera más la incontinencia del hombre que la liviandad de la mujer. Es un asunto de PODER. De aquí se deduce que: El hombre no es más infiel que la mujer porque  éste manifieste públicamente una desenfrenada e insolente dosis de libido con respecto a la mujer, sino que socio-culturalmente es menos castigado por los códigos moralistas establecidos por el mismo clan que crea e impone las reglas del juego, más la desventaja biológica del sexo femenino.

La Biblia, el Corán, el Ramayana son ejemplos de textos considerados sagrados e infalibles en sus respectivas latitudes y, no obstante, los mismos están viciados de un machismo abominable y caduco. Por su puesto, los autores de estos libros no han sido mujeres, sino hombres inspirados por sus intereses personales. Un ejemplo palpable:

La mujer adúltera

"Y se fue cada uno a su casa. Pero Jesús se fue al monte de los Olivos, y muy de mañana volvió al templo. Todo el pueblo venía a él, y sentado les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron:

—Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el mismo acto de adulterio. Ahora bien, en la ley, Moisés nos mandó apedrear a las tales. Tú, pues, ¿qué dices?

Esto decían para probarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en la tierra con el dedo. Pero como insistieron en preguntarle, se enderezó y les dijo:

—El de vosotros que esté libre de pecado que le arroje la primera piedra.

Al inclinarse hacia abajo otra vez, escribía en tierra. Pero cuando lo oyeron, salían uno por uno, comenzando por los más viejos. Sólo quedaron Jesús y la mujer, que estaba en medio.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó:

—Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Y ella dijo:

—Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: —Ni yo te condeno. Vete y desde ahora no peques más". (San Juan, 43:7:53 - 43:8:11).

Este es tan sólo un pequeñísimo ejemplo de cómo ha venido siendo tratada la mujer en todos los tiempos y en todas partes. En respuesta a este sistema discriminatorio y opresor, a través de los siglos, la mujer ha venido desarrollando un ilimitado conjunto de artimañas, subterfugios, tretas, tramas (un complejo mecanismo de autodefensa), para engañar y evitar ser objeto de sospechas, persecuciones, vejámenes y muy posiblemente la pena de muerte. A menudo se escucha a las mujeres decir que: el hombre es un perro en el sexo, porque no tiene límites para la infidelidad. Pero reitero, no es un asunto de perrería sexual en perjuicio del voto matrimonial, sino de permisividad social-cultural y desventaja biológica de un sexo con respecto al otro. Si fuera todo lo contrario, es decir, que a la mujer se le permitiera soterrada y socialmente la infidelidad, entonces los hombres no dejaríamos de gritarle a los cuatro vientos que la mujer es la criatura más sucia y arpía de todo el planeta. Siempre me he hecho la siguiente pregunta: ¿Le pegaría los cuernos el hombre a la mujer con la misma libertad e intensidad de siempre si fuera el hombre quien quedara embarazado y no la mujer?

Cuando a la mujer le pegan los cuernos, por lo general: llora en público, patalea, maldice, arroja platos, rompe fotos, descuartiza peluches, incinera cartas y tarjetas, y por su puesto si procreó con el hombre una criatura, arrastra con ésta a donde quiera que vaya, la cual luego tiende a utilizar como instrumento de desquite, inicialmente a través de una manutención de menores. En cambio cuando al hombre le ponen los cachos, éste es más susceptible ante la realidad vergonzosa de la infidelidad. El hombre tiende a: lloriquear en privado, se emborracha, gruñe, frecuenta con ímpetu los burdeles, urde un plan para quedarse con todo lo material, y como último recurso psicopatológico, asesina a todo a quien puede: a la infame mujer, al inocente hijo, al vecino que va a evitar la tragedia, y en ocasiones termina por suicidarse. Por lo general e irónicamente, el amante de la mujer queda vivo. Es importante resaltar que esta horripilante acción de criminalidad varía de persona en persona, según su capacidad de controlar las emociones y según sus intereses personales.  

 La vergüenza de ser señalado públicamente como cornudo, es uno de los grandes suplicios al que pueden someter a un hombre. El espíritu de un hombre tolera menos la vergüenza social de la infidelidad. He aquí la contradicción humana, puesto que, la misma sociedad que fomenta el ensoberbecimiento del hombre con respecto a sus actos de infidelidad, es la misma sociedad que se encarga de flagelarlo y hacerlo sentir popo de gallina cuando cae como víctima de la infidelidad. De ahí que, reitero, la vergüenza social es lo que generalmente impele al hombre a cometer actos criminales contra todo y todos lo que encuentra a su paso, tan sólo para tratar de limpiar un poco su nombre, su imagen de macho cabrío. Por su puesto, reitero, aquí prima la capacidad mental de cada persona, y su grado de controlar las emociones. No todo el mundo es igual.

En los siguientes párrafos pretendo resaltar algunas de las técnicas de autodefensa que ha venido optimizando el ser humano a través del tiempo en el campo de la infidelidad. Este individuo sofisticado en el arte del engaño amoroso, es una especie de CLON MEJORADO EN LA INFIDELIDAD.

 Advierto que, el presente artículo no pretende, bajo ningunas circunstancias, servir como manual  para enseñar al hombre o a la mujer a perfeccionar sus habilidades y estrategias para ser infiel a su pareja. Al contrario, debes acoger este texto como un inacabado manual para la autodefensa en pareja, para desenmascarar la farsa de tu pareja.

 Mi más sincera sugerencia es que nunca nadie cometa el crimen de la infidelidad contra su pareja, ya que, aparte de ser considerada una ofensa a la buena moral de los pueblos, es además, la razón principal de tantas personas frustradas y resentidas. No obstante, como no me cabe la menor duda de que por razones muy particulares, tanto éste como aquélla seguirán incurriendo en la infidelidad a diestra y siniestra, deseo compartir los que son para mí son, algunos comportamientos sospechosos de una persona infiel.

Es importante que se entienda que las siguientes estrategias renovadas en el individuo en cuestión, las presento tal y como son: cínicas y crudas. Para ser un pelín equitativo en cuanto al prejuicio social, tomaremos como protagonista de estas prácticas de tartufas al más infiel en cantidad, aunque no en calidad, al sexo masculino. Repito, lo que comparto aquí no pueden ser consideradas ni acatadas como sugerencias, sino como revelaciones de la psicopatología de un individuo que ha aprendido a optimizar el descaro de la infidelidad a ultranza.

Para darle cierta interactividad a la siguiente lectura, os presento la misma a modo de diálogo entre un interesado en mejorar sus habilidades de infidelidad, y el supuesto experto en la material del engaño amoroso, quien fungirá como el oráculo de los infieles.


"No hagas a otro lo que no quieres que hagan contigo"

Jesús de Nazaret



Las 14 técnicas de un infiel perfeccionado

 

Pregunta 1: ¿Qué tipo de amante me recomienda elegir para no levantar sospechas en mi pareja?

 Respuesta 1: La amante debe ser preferiblemente casada y si tiene hijos mucho mejor, ya que hay mayor probabilidad de que este tipo de mujer sea más discreta al respecto, puesto que la misma tendría más que lamentar y perder en caso de que se sepa la infame verdad. Además, con este tipo de mujer hay menos riesgos de que considere enamorarse de ti al nivel de un amor novelesco. Sus compromisos familiares la mantendrán a raya. En cambio una mujer soltera, no importa la edad, tiende a manifestar un marcado interés de conseguir una pareja permanente, especialmente la mujer de pocos atributos femeninos. La desesperación de contar con alguien como pareja permanente y el temor de quedarse sola en esta vida la harán cometer actos peligrosos en contra tuya y de tu matrimonio. La mujer joven que aún vive bajo la tutela de sus padres, siente un inmenso deseo de obtener mayor libertad familiar, por lo que cuando encuentra esa oportunidad (tú), maniobra de mil maneras para robarle a su rival (a tu mujer) lo que desea (a ti). Desde este punto de vista te conviertes para esa mujer en un verdadero collar de perlas. Importante: evita la abogada o la psicóloga, ya que sus conocimientos te pueden aplastar con gran rapidez.  Evita esta burrada.

La amante más adecuada aún es la que tiene dinero y no es profesional, y no porque te importe el dinero como lo hace un gigoló, sino porque de este modo no tendrás que utilizar tu propio dinero para los gastos de la escapada, sobre todo, no tendrás que utilizar tu tarjeta de crédito. Dicen que el Diablo no duerme, es decir que el día menos pensado tu pareja te puede revisar los vouchers de tu tarjeta de crédito, y entonces tendrás que rendirle cuentas de todo y con pruebas.

Algo más, es importante que manipules la mente de tu amante para que las cosas no se te salgan de las manos. Para empezar debes advertirle a tu amante las consecuencias terribles que podrían caer sobre ella, nunca sobre ti, si todo se llega a saber.

Descubre su debilidad, algo que a ella le importe mucho, y ataca ese punto de ella. Por lo general, si le mencionas lo que tú perderías si todo se llegara a saber, en el fondo, eso a ella no le importaría mucho, de hecho le estarías revelando tu punto débil. Nunca le reveles tus temores a tu amante porque en cualquier momento, cuando se canse de tu sexo, te podría asestar un  tremendo golpe. Recuerda que el que juega con candela se llega a quemar.


Pregunta 2: ¿Es buena idea usar mi propio carro para salir con mi amante?

 Respuesta 2: ¡Claro que no, tonto! No uses jamás tu propio carro para tu escapada. Existe una alta probabilidad de que un amigo o algún familiar de tu pareja lo identifique al vuelo, sobre todo en lugares sospechosos, por ejemplo entrando a un motel. Debes usar los servicios de un taxi, el cual, entre otras características, debe tener los cristales bien oscuros, y estar en buenas condiciones para que no se vaya a dañar en algún lugar comprometedor. Cuando llames a la base de taxi y te pidan el nombre, dale uno falso, ya que es probable que alguien que trabaje para dicha empresa de servicios de taxi, y quien conoce a tu pareja, asocie tu timbre de voz con tu nombre. Solicita que el chofer sea preferiblemente de edad madura, ya que éste tiende a ser más que una tumba para tales casos. Juventud es sinónimo de lengua floja. Una vez en el taxi, no entable conversaciones comprometedoras con tu amante. Hablen de asuntos de poco monta en vez, esto despistará al taxista, quien por lo regular lleva las orejas paradas como un radar, recogiendo cada chisme.


Pregunta 3: ¿Cuál es el mejor día y hora para ser infiel?

 Respuesta 3: Los días más comunes y corrientes, los días de trabajo y que sean a plena luz del sol. No elijas, para perpetrar la infidelidad, los días u horarios que son exclusivamente para la familia. Excluye también los días feriados.


La mayoría de actos de infidelidad se cometen de noche e ingenuamente los viernes, los sábados y los domingos, ya que por lo regular en estos días hay más dinero y tiempo. Por lo tanto, haz tú lo contrario. Elige en vez, un día común y corriente a plena luz del sol; esto alejará sospecha. Y si puedes maniobrar con el horario de tu trabajo, sin que esto llegue a perjudicarte, mucho mejor, ya que la excusa de que estabas en alguna diligencia laboral es muy creíble.


Pregunta 4: ¿Cuál es el mejor lugar para llevar a mi amante?

 Respuesta 4: El motel es por lo regular el lugar más apropiado para cometer tu infidelidad. No obstante, evita ir ese motel que está en boga, ya que el mismo es altamente frecuentado por titirimundati, y en el entra y sale de vehículos, alguien de vista 20/20 podría llegar a identificarte a ti y/o a tu amante. En este sentido, elige un motel que esté lo más retirado posible, si te es posible, uno que esté fuera de la ciudad. El motel es un lugar seguro para el pecado de la carne en comparación con la casa de un amigo, o peor aún, la casa de tu amante o la tuya misma. No cometas este terrible error. Una de las ventajas del motel es que no tienes que preocuparte en limpiar la escena del crimen. Una cosa más, no seas descarado y tacaño y no te quedes en los montes con tu amante, además te expones demasiado al peligro.

Paga el precio de tu desfachatez o haz que ella lo pague. Un gigoló es un verdadero artista del chantaje.


Pregunta 5: ¿Debería vestirme bien el día que vaya a salir con mi amante?

Respuesta 5: No, ese día no te acicales ni te emperifolles para salir a tus aventuras amorosas. Esto obviamente te delatará en gran manera. Ve vestido con ropa normal, como la que usas para jugar dominós con tus amigos. No te perfumes. Ponte una ropa interior ya usada.

Es obvio que cuando tu pareja vea que te estás poniendo una camisa de salida, te preguntará: Fulano, ¿Y esa camisa? Por su puesto, que tú tendrás que dar una detallada explicación al respecto, de lo contrario empezarás a levantar sospechas. La sospecha es como un iceberg, que muestra poco de su masa en la superficie, porque abajo es que está la inmensa mole destructiva. Evita el absurdo complejo de Titanic.

Es posible que al ir a tu cita sátira, como es de esperarse, aunque la pases bien con tu amante y no te descubra tu pareja, quedará la  espina de la duda clavada en lo más profundo de la mente de tu pareja. Y este sería el principio del fin. Tu Gólgota. Tu guillotina. Nunca subestimes al enemigo por pequeño que luzca.


Pregunta 6: ¿Qué debo hacer con mi celular ese día? ¿Lo dejo en casa a propósito? ¿Lo apago?

Respuesta 6: El celular es el GPS de los matrimonios, por lo que debes llevártelo  a donde quiera que vayas. Nunca lo apagues, ni tampoco lo deje sólo una vez en la habitación del motel, al igual que tu billetera, debes salvaguardarlo de tu amante, ya que de manera intencionada puede jugarte sucio.

Ah,  siempre que te llame tu pareja contesta la llamada. Al recibir la llamada, finge estar alegre de escuchar su voz. Pregúntale por tu hijo, el hijo de ambos (si hay uno). Dale órdenes precisa sobre esto y aquello. No gaguees ni titubees al hablar. Haz que tu sonrisa sincera se escuche del otro lado del auricular. Si por alguna razón ella decide terminar la conversación, hazte como si no deseara que terminase el diálogo. Todo esto la despistará en sumo grado.

Recuerda, el celular se ha convertido sin necesidad de que tenga un Sistema de Posicionamiento Global (GPS, por sus siglas en inglés) en un perfecto rastreador y aguafiestas de oportunidades, por supuesto, si no tomas las medidas de lugar. Otra cosita, por favor, no saltes con las siguientes súper estúpidas y ultra quemadas excusas: Que se le acabó la carga a la batería, que no había señal por allá, que el volumen estaba muy bajito… y un montón de burradas más. Ese es un cuento muy achicharrado. El uso de las costumbres delata.


Pregunta 7: ¿Debo darme una buena ducha después de hacer el amor con mi amante?

Respuesta 7: Por supuesto. ¿No pensarás llegar a tu casa hediondo a sexo? Sin embargo, evita lo siguiente: Usar jabón para darte una ducha, sobre todo el jabón de olor. Los olores delatan. No consumas bebidas alcohólicas, ya que, aunque cepilles bien tus dientes y mastiques chiclets o clorets la sustancia verdadera del licor está realmente en el estómago. No te mojes el pelo ni te peines demasiado al abandonar el motel, recuerda de donde vienes (del trabajo), y el que llega del trabajo tiene un aspecto un tanto sudoroso y desaliñado. Algo más, si vas a comer algo, que sea muy poco. ¿Por qué? No seas zonzo, el hombre que llega de trabajar, llega a la casa con hambre. No te delates tan fácil.


Pregunta 8: ¿Qué debería tomar en cuenta antes de llegar a mi casa después del acto infiel?

 Respuesta 8: Antes de llegar a tu casa, debes borrar la mínima evidencia que pueda delatarte: Rastro de pintalabios, un arete en tu bolsillo (a veces la amante nos juega sucio), una nota con un mensaje comprometedor o con un número telefónico, hebras de cabellos sospechosos. Tapa cualquier moretón en tu cuerpo. Si por descuido o arrebato del momento tu amante te hace el famoso chupón en el cuello, no lo medites mucho, es hora de urdir una escena un tanto melodramática: rasga tu camisa, quítale algunos botones, marca los dedos de tus manos en el cuello, y llega a casa enojado y diciendo que vas a matar a ese desgraciado. ¿A quién? A quien te hizo el moretón y con quien luego te fuiste a los puños. Los detectives dicen que en todo crimen cometido hay siempre un intercambio de evidencias entre el criminal y la víctima. De cualquier modo, no hay crimen perfecto, el criminal siempre deja alguna huella en la escena del crimen. Aleja al diablo y alejará sus candelas de ti.

 

 

 

Pregunta 9: ¿Cómo debería comportarme con mi pareja en el momento de llegar a casa?

 Respuesta 9: Cuando llegues a tu casa, no cometas el gravísimo error de comportarte como la gran mayoría: nervioso. Es como el niño que roba comida de la alacena o de la nevera, al cual los nervios lo traicionan y se delata. Haz lo contrario de lo que hace esa gran mayoría de gallinas turulecas. Llega a tu casa como un día normal, pero desde luego con un rostro ufano (por lo bien que dizque te fue en el trabajo). Controla tu lenguaje corporal lo más que puedas. Relaja tus nervios.

Todo tu cuerpo se puede convertir en un detector de mentira, o mejor dicho, en un proyector de mentiras. La mirada es el espejo de lo que sientes en ese momento. No desvíes la mirada. Mira fijamente. Clava tu pupila en la pupila de tu pareja y transmite esa seguridad de un hombre totalmente entregado al matrimonio. La respiración es la voz de lo que a grito te quiere obligar el subconsciente a decir, contrólala. No te rasques ni la cabeza, ni la nariz, ni la cien al hablar, porque esto es un signo vital de nerviosidad. Deja las manos tranquilas, no te las amases. Si no puedes controlarlas, mételas en tus bolsillos. No hagas rollitos con tus cabellos. No tamborilees la mesa con los dedos. No columpies las piernas. No martilles el piso con tus zapatos.

No hagas nada que indique que estás nervioso. En vez de todo esto, tararea una canción. Saluda a tu pareja con un buen beso. Ve a la nevera y come algo. Recuerda, vienes hambriento de tu trabajo. Háblale a tu pareja de algo fútil. Quéjate un poco del mal tiempo, de las facturas del consumo eléctrico y del consumo de agua. De la corrupción de los funcionarios del país. Y luego haz un chiste de todo esto. Se supone que ese eres tú: un tipo que ama a su esposa, pero que se queja un tanto de las barbaridades de este mundo, pero sin perder su sentido común. 




Pregunta 10: ¿Qué debería hacer al rato para que todo siga pareciendo normal?

 Respuesta 10: Después de una buena ducha para rematar cualquier asomo de una potencial sospecha, hazle el amor a tu mujer como un potro salvaje. Como el primer día. ¿Qué de dónde sacarás fuerzas? No lo sé, lo que sí sé es que si en los próximos treinta minutos no le haces el amor a tu mujer y no ofrendas una buena cantidad de tu esperma en su depósito, hay una gran posibilidad de que empiece a sospechar de ti. Así que sacas de tu alma el último aliento posible: bésala, desnúdala, arrójala en la cama, dile lo mucho que la amas, y socávala como un verdadero amante. Finalmente haz que salga de ti, como un geiser frenético, la savia de la prueba contundente de tu amor hacia ella: tu semen, el cual siempre debe ser depositado dentro de ella, ya que si lo haces afuera, el mísero chorrito que expelas de ti será tu ticket seguro al divorcio. No te sientas mal por esto, ya que es posible que ella esté haciendo lo mismo contigo. ¿Quién sabe?


Pregunta 11: ¿Qué hago si de repente a mi mujer se le ocurre hacerme una extraña pregunta relacionada con infidelidad?


 Respuesta 11: Si antes de que se dé la técnica 10, tu pareja insinúa algo al respecto, es hora de ponerte la máscara de la ignorancia; es decir, contéstale la pregunta con otra pregunta ultra cándida. ¿A qué te refieres, cariño? Aquí debes utilizar el sobrenombre conyugal que siempre utilizan: more, negra, cariño, amor, mi piojito… Nunca menciones el nombre de tu pareja ni mucho menos el apellido, ya que esto manifiesta claramente que te estás poniendo a la defensiva, que es lo mismo que delatarse. Recuerda que si ya llevas un buen tiempo conviviendo con tu pareja, ella ya debe conocer tus desnutriciones mentales y truquitos a la perfección.  En este nivel conversacional, el diálogo debe convertirse en algo muy ambiguo, por lo que debes mantener un paralelismo de anfibología a la altura del caso, es decir, hablar con palabras equívocas, pero en un tono de voz tan firme y franco que demuestre el grado de tu afectada sinceridad. Contéstale cada pregunta a la misma velocidad del interrogatorio. Recuerda que te empiezas a delatar cuando tu capacidad de responder se ralentice, es decir, se haga más lenta y titubeante. No te dejes acorralar por ninguna pregunta. Para lograr esto, debes enfocarte en la batalla verbal, si metes en tu cabeza otra cosa que no sea contestar hábilmente las preguntas, estarás más que acabado al final. La duda es como la mancha de agua que se forma en el techo, una vez aparece, es difícil de borrarla. Debes pintar bien tus palabras para poder borrar la mancha (duda) que se asoma en la mente de tu pareja. Sé meticuloso con los adjetivos, ya que en este nivel de sensibilidad cualquier vocablo se puede malinterpretar. No dejes la conversación a media, incita a que se continúe el diálogo hasta que todo quede (más o menos) aclarado. ¿Ya has visto la película El abogado del Diablo? El mejor amigo tuyo podría ser ese fiscal embrujado que se encargará de destruirte por todos los medios, quizás para quedarse con tu esposa, tal vez para verte caer. La envidia se manifiesta a través de las más pintorescas de las situaciones. Copia de esto.     


Pregunta 12: ¿Qué hago si mi pareja se deja de rodeos y me acusa abiertamente de serle infiel?

  Respuesta 12: Si la técnica 11 no arroja resultados positivos y en vez de esto lo que surge es una directa acusación de infidelidad, entonces es hora de cambiar de máscara y ponerse la máscara del abogado defensor. Miente. Sé fiel a esta frase: Nunca te sería infiel. Mantente firme en tu NO, NO HE HECHO TAL COSA. Nunca ceda. Nunca dés tu brazo a torcer. Pero debes defenderte con tal convicción que hasta el mismo Dios que todo lo vio, dude de tu culpabilidad. Jura, si es posible, con la mano derecha puesta sobre la Biblia, de que nunca has hecho tan infame acto. Primero que se acabe el mundo y todo lo que existe en él, a que llegues a declararte culpable. Mientras te defiendes con uñas y dientes, finge estar ofendido con semejante ultraje a tu integridad moral. Hazte el agraviado, la víctima. Actúa siempre a la altura de la acusación, en consonancia con la duda del otro. Pulveriza la verdad con el poder de tu histrionismo hasta hacer que la verdad parezca mentira, y la mentira parezca verdad. Si finalmente tu pareja decide acabar la relación, para siempre, al menos le dejarás clavada la más terrible de las dudas en lo más profundo de su subconsciente; por lo que toda la vida se la pasará mortificada de si realmente le fuiste infiel o si ella fue demasiada injusta contigo.

Pregunta 13: ¿Qué debo decir si mi pareja menciona el nombre de mi amante y sostiene que con esa persona es que yo le he sido infiel?

 

 Respuesta 13: En ese nivel acusatorio, si tu pareja menciona seriamente el nombre de la usurpadora de cariño, de esa ladrona de marido, tu amante, es hora de convertirse en un verdadero traidor. Ultraja a tu amante sin reparo. Enumera las razones por la cual ni por asomo pensarías en serle infiel a tu pareja con semejante persona. Saca a la luz los defectos y vicios de la amante –aunque en realidad no tenga tales defectos y vicios-. No temas en hacer una lista de los defectos y vicios que a tu pareja no le gustan de una persona, e incluye los defectos y vicios que te causan asco a ti como persona. Por ejemplo, que aquella persona le gusta consumir alcohol o droga, que sufre de halitosis, que tiene sobaquina, etc. Cárgale a tu amante todos estos defectos y vicios. Y hazle saber a tu pareja que si remotamente un día pasara por tu mente la  proterva idea de ser infiel, no sería con ese esperpento de persona con la cual te quieren involucrar. Y dilo con tanta frialdad y tanta infalibilidad que si tu amante misma estuviera presente en el momento de decirlo, hasta ella misma llegase a creer la injuria.

En adición a esto, culpa a alguien de semejante acusación, preferiblemente del sexo opuesto, ya que esa misma persona utilizarás como conejillo de india para tu más terrible y macabra acusación: esa quien me acusa de ser infiel, esa misma persona ha estado enamorada de mí desde hace tiempo. Y si es un hombre, entonces que el dardo crítico se dirija a tu misma pareja, es decir, revela firmemente que esa persona que te acusa de infidelidad lo hace con el propósito de separarte de tu pareja, porque él mismo está enamorado de tu esposa, por alguna razón sospechosa. Haz, pues que todos tiemblen, duden y se queden absortos con tus inventadas revelaciones.



Pregunta 14: Finalmente, ¿qué debo hacer si mi pareja me atrapa con las manos en la masa, siéndole infiel?

Respuesta 14: Si tu propia esposa te atrapa infraganti con tu amante, no lo dudes, niega que lo haces por amor a la amante, sino porque no sabías lo que hacías. Porque estabas confundido y por causa de todos los problemas del matrimonio. Haz que toda la culpa recaiga en tu pareja. Menciona las razones (tus razones), por la cual tú te viste impelido a romper el voto matrimonial. Di que ya el sexo de ella (de tu esposa) era muy diferente a lo que era al principio. Di que las atenciones y consideraciones en el hogar no son ni sombra de lo que eran antes. Di que su actitud (de tu pareja) llegó a ser tan indiferente e hiriente que hizo  derrumbar, como un castillo de naipes, todas tus ilusiones y sueños en el matrimonio.  Y finalmente revela de manera sincera, aunque sea un gran embuste, que lo hiciste porque era tu justa venganza de lo que ella te había hecho a ti en semanas pasadas con alguien más, traicionarte con otro hombre. De este modo ella no se quedará con la victoria de la mujer fiel y abnegada y tú con la mancha de ser catalogado de un esposo malo, despiadado e infiel.


(No puede ser bueno aquél que nunca ha amado.

Miguel de Cervantes)

 

 

 

Santiago de los 30 Caballeros, Rep. Dom., 18 de agosto, 2009

10: 30 p.m.





Anexos: un cuento para reflexionar.


            Tengo algo que confesarte

Jhovanny Marte Rosario

11 de noviembre de 2007

1: 13 p.m.




 

 

El incienso y las dos velitas se extinguían de a poco, a la vez que embargaban de sus aromas peculiares toda la habitación. Una botella de champán francés yacía de costado en la hielera. Ella y él se miraban de vez en cuando con los rostros ariscos.

Él se levantó del sofá, caminó de aquí para allá y de allá para acá, perturbado, mientras ella lo observaba recelosa, acomodada en su almohada, la cual había  adosado a la pared. Él se detuvo a unos centímetros del lecho, asió un balaustre y tras un hondo suspiro de hastío dijo:

–Lucy, tengo algo que confesarte.

Ella lo miró de refilón, mientras alisaba su larga cabellera azabache, tomó uno de los peluches que adornaban el nido nupcial, lo contrajo contra el pecho y conminó, borracha de ansiedad:

–¿Qué es, Armando? Dímelo. No te quedes callado.

Bueno… tú sabes, Lucy que yo a ti te agradezco mucho y bueno, tú y yo hemos convivido casi un año, pero a veces la gente se equivoca, ¿comprendes?

–No, no comprendo nada. ¿Qué es lo que tratas de decirme, Armando? Habla.

–Bueno, mira, Lucy tú… tú eres una mujer que no mereces que te engañen y bueno, yo no quiero herirte…

–¿Herirme con qué, Armando? Dime. ¿Herirme con qué?

–Herirte con la mentira, Lucy. Mira, una vez tú me dijiste que si yo me llegaba a enamorar de otra mujer, que fuera un hombre y te lo dijera con toda sinceridad, que tú lo comprenderías, porque amar no es un asunto obligado, sino voluntario. ¿Recuerdas?

–Sí, lo recuerdo perfectamente, Armando. ¿Y? ¿Qué pasa? ¿Tienes otra mujer?

–Bueno…te dije que no quería herirte, pero debo confesártelo ahora porque mañana podría ser peor… Sí, tengo otra mujer. Por lo tanto, ya lo tuyo y lo mío no tiene sentido que sea. Espero que me perdones, Lucy y que no me llegues a odiar por todo esto.

Ella se incorporó de la cama, se colocó de espalda a él, frente a la ventana, dejó escapar un suspiro y señaló:

–Ya lo venía venir, Armando. Sabía que esto ocurriría algún dia porque ya lo nuestro se había convertido en algo monótono. Algo sin sentido. Un hastió. La copa  del vino de nuestro amor ya se ha agotado.

Ella enmudeció como si estuviera un nudo en la garganta. Él se aproximó a ella, intentó acariciarle el hombro derecho, no obstante, se resistió y no lo hizo. Se supo de perfil y comentó:

  –Yo… yo, Lucy te agradezco mucho lo que…

–¡No hay nada que agradecer, Armando! No me agradezca nada que convivir con alguien bajo el mismo techo no es un favor, sino un acto voluntario. Mira, no lo prolongues más. Haz tus maletas y vete de una vez.

–Mis maletas ya están hechas. Sólo te esperaba para decirte la verdad y despedirme.

–Entonces, acaba de retirarte, Armando y olvídate de lo demás.

Una ráfaga de viento frío se infiltró por la ventana, la cortina de tul acarició juguetonamente el rostro de ella, una vela se apagó de repente, sobre el tejado un gato maullaba de manera insistente. Una llovizna leve empezó a caer. La noche avanzaba. Él, por su parte, sacó dos maletas del armario y cuando ya se disponía a franquear la puerta, ella se volvió a él e inquirió:

–Antes de irte, Armando quiero que me digas cómo se llama ella. ¿Quién es ella?

Él se detuvo en seco, de espalda a ella, y de refilón preguntó:

–¿Es necesario eso?

–Sí, tengo derecho a saberlo. Dime, ¿Quién es ella?

–Eh…Bueno, no sé como lo vayas a tomar, Lucy, pero… bueno de cualquier modo te ibas a enterar. Te lo diré, pero espero que no me vayas a odiar por ello. Tú sabes que en el corazón nadie manda.

–¿Quién es ella, Armando?

–Cintia.

– ¿Mi hermana?

Pues sí, ella es la mujer a quien amo ahora. La que roba mis sueños. Y bueno, espero que no vayas a hacer un espectáculo de todo esto. Además espero que no me guardes rencor. Lo siento, Lucy, no lo tomes a mal, pero nosotros nunca debimos casarnos. Nunca.

–No hay nada que perdonar, Armando ni nada que lamentar. Somos adultos. Y bueno, ya que estamos en confesiones. Ya que nos estamos quitando las máscaras…Yo también tengo que confesarte algo…

–¡No me vengas ahora que estás embarazada! –Exclamó él, al dejar caer las maletas, angustiado. Ella volvió sobre sus pasos y se sentó en el taburete frente al espejo del tocador y sin subir el rostro expresó:

–No, Armando. No estoy embarazada. Es algo similar a lo tuyo.

–¿A qué te refieres, Lucy? Dime.

–Yo también me he enamorado de alguien de tu familia.

–¡No me digas que te has enredado con mi hermano!

–No, Armando. Nunca me ha gustado, Raúl. No me gustan los hombres de tan poca edad. No tienen experiencia en nada.

–Entonces, ¿de quién te has enamorado? ¿De mi padre? ¿De mi tío? ¿De mi primo?

–No. De ninguno de ellos.

–¿Entonces de quién diablos?

–Bueno, De… de Elizabeth…

–¿De mi hermana? ¿Mi hermana es una lesbiana? ¿Ustedes son lesbianas? ¡Mierda!

Y yo que te confesé todo esto con buenas intenciones.

–¡No juzgues, Armando! Además, déjame recordarte que de buenas intenciones está empedrado el camino al Infierno. Mira, es mejor que acabes de irte. Ya no vale la pena seguir con toda esta farsa.

Él se acercó a ella como con intenciones claras de golpearla. Ella se levantó, ágil, sacó una pistola de la gaveta y apuntándole al pecho, agregó:

"Para el gusto se hicieron los colores, Armando. Nadie es dueño de nadie en este mundo de pecados. ¡Vete ahora o te mandaré justo al infierno! Ya me conoces.

Él se arredró (ya conociéndola). Volvió sobre sus pasos, tomó sus maletas, se colocó bajo el dintel de la puerta y farfulló: 

–¿Mi mujer y mi hermana, amantes de ti? ¡Santo Padre, este mundo está cagado!

Cuando él acabó de irse. Ella tomó su móvil e invitó Elizabeth a pasar la noche juntas, luego colgó. Tomó la botella de champán, la puso a la altura de la cara y sentenció:

–Me daré gusto mientras dure esta vida.

Una poesía para meditar

 

No te guardo rencor

Jhovanny Marte Rosario

2004




No /no mujer/ no te guardo rencor;

Porque al final de todo/ en el juego de los infieles;

Quien perpetra el desliz/ pone a su corazón/ más hieles;

Que al paso de los años afloran como estela de dolor


Ya ves mujer/ no te guardo rencor.

Porque contigo/ sólo buscaba placer y arrebato;

Me dolió poco tu perfidia/ porque sólo te quería, para un rato;

Y eso/ lo delataban mis caricias sin amor...


No te guardo rencor...

Aunque no niego/ que por el exceso;

Me estaba acostumbrando/ a tu hedonista sexo;

Pero nunca pasó de ser; un nectario fervor...


Y palabra de hombre/ que no hablo con despecho;

Aunque el mundo piense/ que por ti; me rajaré el pecho;

No, mujer/ ni sueñes con eso/ porque aunque fue muy agraz;

Fuiste sólo en mi universo/ una estrella fugaz...


¡Ah!, Y descuida mujer/ que ante el Tribunal Celestial;

Seré tu abogado defensor/ porque todo no fue sepulcral.

¡Sí! le pediré al Señor con paciencia,

Perdonadla, Señor, ¡aunque sea /una sinvergüenza!







 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 







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