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Hiperbole Humana

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Hipérbole humana

Jhovanny Martes Rosario

25 de marzo de 2005 (4:08 p. m.)

 

  

 

 

 

Todo ocurrió una tarde plomiza de un domingo aburrido de marzo. Sediento y exhausto de tanto caminar, me arrojé en la raigambre de un árbol añoso, bajo su sombra bondadosa. Mientras el canturreo de unos pajaritos iba llenando el vacío de su música, fui agarrando un sueñito de a poco, a usanza de un anciano dormilón.

De pronto, escuché los clamores de alguien, raudo me incorporé y fui a ver lo qué ocurría. Cuando llegué al lugar del auxilio. Era un muchachito de algunos 10 años. Lo vi atestado contra un árbol: trémulo y gimoteando. Volví la mirada a todo lugar en busca la causa de su espanto, mas no llegué a divisar otra cosa que no fuera una lagartija cerca del chico, la que  abultaba el bolso de la garganta en forma defensiva.

 

Picado por el drama del muchacho, me acerqué al pequeño reptil y lo pisoteé con mi bota, mientras sentía el cuerpo del animalito estremecerse bajo la suela. Calmé la fobia del mozalbete quien me veía como a un héroe legendario. Me agradeció con algaraza  la hazaña, mientras besaba mis manos con ansiedad, luego lo vi marcharse como gacela asustadiza. Yo, me desternillé de risa a mandíbula batiente por el gracioso suceso.

Vuelta la paz otra vez, retorné al frondoso árbol y tomé una larga y profunda siesta. Al recuperar la energía perdida, continué mi camino hasta llegar a un pueblo de calles medio polvorientas. Casi arrastraba mis pies debido al cansancio que me abatía. Sin soportar más caí de hinojos, cabizbajo. Enseguida vi cómo una sombra se posaba sobre mí, volví la mirada atrás y fue ahí cuando escuché una voz que comentó:

-Míralo, padre. Fue él...

Era el mismo niño que había auxiliado en el bosque. Su padre era un hombre fornido y de torva faz,  por un momento creí que me atacaría, tal vez porque el muchacho le hubiese relatado una historieta diferente a la que sucedió, acomodando todo a su favor para evitarse una buena paliza. Apreté mis puños por si acaso:

-De manera que usted fue el valiente hombre que mató a esa peligrosa iguana y salvó a mi hijo de su dolorosa mordedura –comentó el hombre al dibujársele en la cara una afable sonrisa  a flor de labios.

-Eh... la verdad es que no...

 -No diga nada hombre y venga a mi casa a descansar- prorrumpió el hombre sin darme oportunidad a narrar los hechos como ocurrieron en realidad.

De modo que fui convidado a degustar un suculento manjar. Comí y bebí hasta la saciedad. Traté de explicar lo acaecido en  varias ocasiones, pero cada vez que lo intentaba alguno de los presentes interrumpía con pamplinas. La tía del muchacho pasó toda la tarde mirándome furtivamente con lujuria, y el muchacho no paraba de inventar una retahíla de embustes en cuanto al suceso.

Al terminar mi digestión y descansar en el mullido camastro de la tía aquella, me despedí de la familia con gran deferencia y seguí mi camino. Viajé durante varios días hasta llegar a otro pueblo, donde al entrar a una taberna y sentarme a una mesa, alguien se acercó a mí y viéndome con ojos absortos me preguntó:

- Disculpe, ¿Es usted el hombre que salvó al hijo de los Velásquez?

 -Bueno amigo, en realidad no fue...

 -¡Calle bueno hombre! Déjese de modestias. La verdad que debió ser muy peligroso acercarse a ese cocodrilo, amarrarle las fauces con lo peligroso que son sus dientes y luego partirlo en dos ¿Cómo lo hizo? –Argumentó el señor, entusiasmado, sin quitarme su rechoncha cara de mí.

 Traté de explicar lo ocurrido, pero no me dejó. Entonces, al ver entrar unos amigos a la cantina, los llamó para presentarme. Aquellos individuos de barbas descuidadas, después de exhibir admiración y respeto por mí, me rogaron que departiera con ellos algunos tragos los cuales correrían por su cuenta. Traté de dilucidar toda la verdad, pero cada vez  que intentaba articular una palabra era un intento fallido.

No me quedó otro remedio que acompañarlos en la gula. Bebí hasta la embriaguez. Perdí el tino y más tarde el conocimiento. Supe de mí hasta el otro día cuando desperté en un catre mullido, junto a una mujer joven y físicamente aceptable. Me levanté y me despedí de ella con caballerosidad. Luego, llegué a la sala en donde había un grupo de personas inventando docenas anécdotas  entorno a mí. Me pusieron en medio de todos, para hacerme varias preguntas las cuales nunca me dejaban contestar. Al rato dije que me iba y me despidieron junto al pueblo con ovaciones, alharacas y mojigaterías.

Cuando llegué a otro pueblo no muy lejos del que estuve antes, ahí la recepción sí que fue en grande y apabullante. Lo primero que divisé -desde lejos- fue un inmenso letrero que cruzaba a ambos lados de la calle, con una consigna que rezaba:

“Salve al hombre inmortal que mató al último de los dinosaurios de la Tierra.”

Llegué al epicentro de la muchedumbre y sin mediar palabras un grupo de hombres me levantó en vilo, aclamándome como a una deidad del Olimpo. Esa noche comimos mariscos y libamos vino con gran voracidad, me confundí entre la orgía y la gula que más tarde se formó. A la mañana siguiente desperté con varias mujeres en una cama como de reyes. Me levanté sin que nadie reparase en mis movimientos y me fui de ese pueblo en completo sigilo.

Y ya en lo denso del bosque, escuché el rugido estentóreo de un león. Me acerqué, agazapado entre los arbustos. Aparté unas ramas de mi vista y vi a un león a punto de devorar a una doncella, y sin pensarlo dos veces, reculé sin hacer el mínimo ruido y me retiré de aquel lugar. Esta vez, no debía correr el riesgo de que la gente fuera a tumbar a Dios de su santo trono para dármelo a mí.

 

 

 

 

 

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