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La paranoia

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La paranoia

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

21 de enero de 2005 (12:45 PM) 

  

  “Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego.”

Profecía Hindú 

 

El solemne silencio del bosque era alterado tan sólo por el intermitente gorjeo de un pajarito. Por tal razón, Mario se inclinó al suelo, asió una piedra, se incorporó y sin mediar palabras se la arrojó, la que al súbito y mortal impacto, lo reventó. 

 

Claudia hundió su rostro en las manos para no verlo sufrir. Al tanto que el pajarito estremecía las escuálidas patitas, agonizante, bañado en su propio charcuelo de sangre. Entonces sin más vitalidad biológica, entornó sus ojitos, los volvió hacia arriba, chió y exhaló su espíritu, arrojado de costado en la hojarasca. 

 

 Ella volvió la mirada a Mario, luego al occiso, dejó escapar un suspiro de molestia, terminó de engranar la cremallera de su vestido, agarró su cartera y hurgó en ella, nerviosa. Él, desorientado, buscaba algo más con los ojos. Merodeó por las inmediaciones. Revolvió los tupidos arbustos, trepóse a un ébano verde. Volvió su mirada a los cuatro puntos cardinales cual radar activo. Descendió del árbol y siguió buscando ese algo como perro sabueso, mas nada avistó. El mutismo del ecosistema pareciera como si actuara en connivencia con las malas acciones humanas. 

 

 Mario, todavía en ascuas, se acercó a ella y le acarició el hombro izquierdo con la mirada perdida en lontananza, ella quien a la sazón se acicala el rostro con maquillaje, viéndose en un espejito, dijo: 

 

— ¿Por qué lo hiciste, amor? 

 

— ¿Qué cosa, mi vida? 

 

 —Lo del ruiseñor. ¿Por qué lo mataste?

 

 —Era un soplón. 

 

— ¡Estás loco! Era sólo una avecilla. 

 

— ¿Loco? El canto de un pájaro revela la presencia de algo. 

 

— ¡Bah! ¡Estás paranoico! 

 

— ¿Qué? No soy tonto. Si tu esposo se entera de que estamos juntos, ninguno de los dos viviremos para contarlo. 

 

La tarde, ya moribunda, daba paso a la sombra de la noche, mientras que el velo denso de los ojos de Mario se fue desvaneciendo concomitante al silencio reinante del ambiente. Consumado el pecado, ambos recogieron sus pertenencias. Entre ellas, un lienzo escarlata el que sirvió de lecho para saciar su voluptuosidad. Finalmente se marcharon tomados de la mano, casi a hurtadillas. Atrás dejaron a la intemperie: una botella vacía de vino tinto, rastrojos de uvas y un  pequeño cadáver...         

 

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