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La Santa Cena

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La Santa  Cena

Jhovanny Marte Rosario

24 de septiembre de 2007

(7: 20 p.m.)  

 

                                        

 

 

¨Antes de dar al pueblo sacerdotes, soldados y maestros,

sería oportuno saber si no se están muriendo de hambre.¨ 

(León Tolstoi) 

 

 

–Tengo hambre, ma –comentó el muchacho, mientras las tripas volvían a producir otro inoportuno borborigmo. 

 

 Ella, acongojada, pasó las descarnadas manos sobre el estómago del hijo y, comentó con un metal de voz casi quebrado: 

 

–No te preocupes, mi´jo que tu papá llegará pronto con la cena. 

 

Él, chasqueó la boca, volvió la mirada a una réplica de La Santa Cena colgada en la pared, luego la volvió a la madre, y curioso, inquirió: 

 

–Ma, ¿Dios existe?  

 

 –¡Claro, mi´jo! 

 

–¿Y a Dios le da hambre como a nosotros, ma?  

 

–Claro que sí mi vida, pero el alimento de Dios es espiritual. 

 

–¿Y Dios tiene mucha comida espiritual en su casa, ma?

 

 La madre se quedó ensimismada por un rato. Pasó la mano sobre la carita lívida del muchacho y soltó un hondo suspiro. 

 

"Ma, ¿Dios tiene mucha comida en el Cielo?"

 

–insistió el vástago, al tanto que se mordisqueaba las uñas de manera recurrente. Ella vaciló por un instante ante la pregunta. Hundió la mirada mortecina a la referida pintura de Da Vinci y dijo, sin bajar el rostro: 

 

–Sí, mi´jo. Él tiene mucho maná.      

 

 –¿Entonces, por qué no nos envía a un ángel para que nos traiga un chin? 

 

–Pues… pues porque Dios y los ángeles están muy ocupados allá arriba en otras cosas. 

 

El muchacho se quedó pensativo por un momento. Se manoseó el estómago… miró a la madre, quien ya se cabeceaba del sueño y dijo:  

 

–Ma, yo quiero ser un dios. 

 

–¡Qué dices, mi´jo! No blasfemes. ¿Para qué quieres ser tú un dios?  

 

–Pues… para… para hacer que los papás de los niños lleguen temprano a la casa con la cena. 

 

En esa se la pasó el muchacho, hasta que la madre se durmió. Cuando de repente, alguien golpeó a la puerta con los nudillos. Ella se despertó de sobresalto. El muchacho fue a abrir y volvió con una funda de papel en la mano. 

 

–Ramoncito, ma. Dijo que papá no viene ahora, que vaya preparando algo con esto. 

 

La madre tomó la funda con ansiedad, la destapó y sacó de ella: dos panes y media libra de azúcar.  

 

–Ma… –¿Qué mi´jo? 

 

–¿Vamos a cenar lo mismo de anoche? 

 

–Sí, pero sólo hasta que tu papá llegue. 

 

La madre echó el azúcar en una lata, la disolvió en agua de tinaja, llenó un jarrito y se lo pasó al hijo, junto con los dos panes. 

 

–Ma… ¿Y tú no vas a comer pan?  

 

–No. Comételo tú, mi´jo, que yo no tengo hambre. 

 

–Ah, ¿Igual que anoche, ma? 

 

El niño mojó los panes en el agua dulce y se los comió con voracidad. Satisfecho, le dio un beso en la mejilla a la madre, le pidió la bendición y se fue a dormir. La madre se quedó de pie bajo el dintel de la puerta con los brazos entrecruzados por debajo de los senos. Meditó casi dos horas. Se cansó de esperar al marido, quien como en otras ocasiones, no se presentó al hogar. Entonces se colocó frente al cuadro de La Santa Cena y, murmurando algo entre los dientes, lo apeó del clavo para cambiarlo mañana por algunos víveres en el mercado. Finalmente se fue a acostar junto al hijo, pero antes guardó su jarro de agua de azúcar en la tinaja, para dárselo al muchacho por la mañana, por si acaso…

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Comentarios La Santa Cena

me gusta por q esta santa se es una santa cosa bita me gusta
Anónimo Anónimo 30/09/2010 a las 00:41

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