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MALDITA RATA

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Maldita rata

Jhovanny Marte Rosario

29 de Diciembre  de 2005

 9: 42 a.m.

Todo debía quedar perfecto esa noche. Y créanme que no era por él, mi jefe, sino por ella, su esposa, "La perfeccionista" quien para mi desgracia era empleada en la empresa de la que yo era mensajero. Era una mujer austera en el orden y la limpieza; lo cual se reflejaba en lo nítido y arreglado de su propia oficina. Parecía la mesa del altar donde el sacerdote consagra el pan y el vino. Era una mujer cursi y pedante al extremo, su palabra favorita era "pulcritud." Creo que era una misófoba, le tenía pánico a los gérmenes.

Del otro lado de esa obsesión por la limpieza y perfección de las cosas estaba mi esposa, quien hace la limpieza, pero con sus acostumbradas posposiciones de esto y aquello: "sin matarse mucho" como suele decirme. Elige un día especial para echarle agua a la casa por "boquinariz." Y en esa inundación doméstica el más beneficiado de todos es Carlito, nuestro amado hijo, quien suele encuerarse para deslizarse de barriga, de pared a pared, en el gran charco que se forma en el piso. No obstante, yo, detesto ese acuático y especial día de la operación limpieza en la casa, ya que en él, mi esposa se la pasa con el rostro ensañado y mirándome de reojo.  

Todo estaba listo para el gran recibimiento. Eran alrededor de las ocho p.m., el hogar lucía impecable y, para conformar el spa hogareño, decidimos llevar a nuestro travieso Carlito a casa de su abuela, mi suegra, quien adora ver a su nieto, como un angelito, dormido. Como ni mi esposa ni yo sabíamos cómo organizar una mesa con el rigor de una ceremonia palaciega, hube de comprar un libro de etiqueta y protocolo para estos fines, el cual devoré de cabo a rabo para deslumbrar al jefe y a la otra. Y todo porque esa noche le hablaría de un aumento salarial...

Para cuando mi jefe y su esposa habían llegado, ya todo estaba perfecto en la casa: el piso lustrado, las paredes relucientes, todas las manchas de la alfombra removidas con esmero, cada cuadro enderezado simétricamente en la pared, las cortinas recogidas en abanico, iluminación adecuada (tenues en algunos lugares), música de fondo con el clásico violín de Antonio Vivaldi y, una agradable fragancia ambientando la atmósfera...todo apuntalaba mi éxito económico en la empresa.    

La mesa estaba puesta según los consejos aprendidos en el susodicho libro: desde un tenedor a la izquierda del plato, cuchara y cuchillo a la derecha del mismo, mantel haciendo juego con la vajilla y con la decoración de la sala, hasta el juego de copas situadas enfrente del plato, de mayor a menor tamaño y de izquierda a derecha; entre otras mierderías de la burocracia; junto al despliegue de gastronomía parisiense daban la sensación de estar ante la presencia de una ambrosía de los más refinados y selectos productos gourmet, preparado por experimentados chefs de la alta cuisine.

Todo iba perfecto hasta que aquella mujer clavó su mirada en "Blanquito", el hámster que le compramos a Carlito en su noveno cumpleaños. Era un animalito níveo y suave como el algodón, era una criaturita simpática y juguetona. Todo estaba bien, hasta que la esposa de mi jefe confundió a Blanquito con una rata inmunda. Todo estaba en armonía hasta que a ella le dio un ataque de histeria y, de un sopetón, aplastó a Blanquito con uno de sus zapatos del jet set. Un hilo viscoso de sangre se salió, sinuoso, debajo del animalito como muestra de la atrocidad perpetrada. Todo porque Blanquito corría tras Rocky, su carro de juguete.

Cuando ambos - el jefe y su esposa- me dieron la espalda para franquear la puerta e irse, llené mis pulmones de todo el aire posible y soplé, como fuerte ventisca, una sola frase tras sus orejas: "¡Maldita rataaa!" Mi jefe, molesto, se volvió a mí y me miró con duda. Su esposa sólo chillaba, con el rostro hundido en sus manos de la high class. Y mi esposa, como siempre, no dijo ni pío, tan sólo se levantó para recoger, entre sollozos, el cuerpo sin vida de Blanquito -la alegría-, de nuestro único hijo.

Al día siguiente, muy tempranito, me apersoné en la oficina de la encargada de Recursos Humanos de la empresa (la  esposa de mi ex jefe), donde sin siquiera decir un cortés: "buen día, señora" arrojé una carta sobre su espacioso escritorio, la que todavía no  había terminado de caer cuando, ya ella estaba de pie y con ambas manos puestas en la cintura, sentenciando con tono prepotente: "Armando Páez, no se moleste en traernos más correspondencia porque usted está despedido, por su rapaz insolencia".

Y yo que soy pobre, pero con honra, y que siempre he sido tercamente fiel a lo que pienso de alguien, no dudé en acercarme lo más que pude al rostro de esa mujer, y allí, ante los ojos azorados de su acobardado esposo, repetí con serenidad: "Señora mía, es usted una maldita rata, ¿escuchó usted señora? Una maldita y rata."

Satisfecha la vanidad del desahogo humano, abandoné aquella empresa con una duda y un tormento en el alma.

La duda: ¿Firmaría yo la carta de renuncia que le arrojé en el escritorio?

El tormento: ¿cómo explicarle a Carlito que su regocijo, Blanquito, ya no existe?  ¿Cómo explicárselo, Dios mío? ¿Cómo?  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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