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OLORES INCONFUNDIBLES

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                                                                                       Olores inconfundibles

Jhovanny Marte Rosario

20 de diciembre de 2007

9: 20 a.m.

 

 

 

El principio del pecado es la soberbia. Quien se exalta, es deprimido; quien se eleva, es postergado; quien se hincha, revienta.
San Isidoro

 

Es cierto, todo lo que usaba la señorita Sobeida Gil era de la mejor calidad: sus abrigos de pieles de visón, de castores, de tejones..., su perfume Imperial Majesty de Clive Christian, sus relojes Rolex Oyster Perpetual, Pateck Philippe, sus ropas de moda Versace, sus joyas de perlas y diamantes. Todo era caro y bonito. No obstante,  la jactancia también tiene sus fronteras y yo me dispuse a mostrarle a ella cuál es esa línea trazada en el corazón de la sociedad que nadie debe traspasar.  Aunque  lo que hice me costó mi empleo, la neta es que no me arrepiento de ello.  

 

Todo ocurrió en una fiesta que organizó el señor Armando Gil, con motivo del Día Internacional de los Trabajadores. A pesar de que mi espíritu siempre ha sentido cierta repulsa por los círculos de gala asistí a la celebración. Sin embargo, pobre al fin, tuve que tomar prestado un frac con el fin de lucir como los potentados. Este afán de emperifollarse obtemperando al rigor de las normas de etiqueta y protocolo es parte del espectáculo social, cada quien a su manera según el nivel de soberbia.

 

Sobeida Gil, la segunda hija de mi para entonces jefe, se encontraba en tertulia con unas amigas de la misma ralea. Como siempre, parloteaban de las mismas futilidades: sus ricas posesiones y sus promiscuidades. Yo, de manera muy disimulada, me acerqué a ellas y me colé en el grupo con una galantería inusitada en mí, mezclada con una pizca de irreconocible hipocresía. Una vez entre ellas, torné la voz estentórea y dije:

 

-Muy buenas noches bellas señoritas. Me presento: soy el licenciado Osorio Villanueva, contador de Gil Industrial & asociados...

 

-Ja, el señor Armando Gil es mi padre. Él es el fundador de la empresa, el mayor accionista y jefe inmediato de todos ustedes -interrumpió ella con aire endiosado, al tanto que sus amigas me echaban una mirada de censura.

 

 Todo el salón estaba dulcificado por las melodiosas piezas clásicas de: Vivaldi, Beethoven, Mozart, Chopin, etc. Los tintineos del choque de las copas se escuchaban de rato en rato. Se brindaba por la menor nimiedad. Yo entonces, forzando una sonrisa de admiración, me pasé la mano por el rostro imberbe y expresé:

 

-Pues ya sabía, señorita Gil que usted es hija del jefe. La conozco porque el jefe tiene un retrato de usted colgado en la pared.

 

 

-Así es. El marco está hecho de caoba hondureña, importada de Costa Rica.

 

-¿Ah, sí? ¡Qué bien! A propósito, escuché decir que usted tiene el sentido del olfato superdesarrollada como la de los Trolls y que por tanto puede distinguir con los ojos vendados los olores de sus pertenencias. ¿Es eso cierto?

 

-Así es. Soy un milagro de la naturaleza. La mejor.

 

-¿Ah, sí? ¿Podría usted darme un pruebita de su habilidad?

 

-¿Qué? ¿Estás insinuando que carezco de ese talento? ¡Insolente!

 

-Pues, la neta, la neta, señorita es que yo soy como Santo Tomás.

 

-¿Ver para creer?

 

-Sí. Pero bueno, dejémoslo ahí porque sé que usted tiene miedo a fracasar.

 

-¿Fracasar un Gil? ¡Nunca! Hagamos un trato, hombre grosero. Subamos a mi alcoba. Mis amigas seleccionarán a su gusto objetos similares de mis familiares y de mí, dos de cada especie, yo me vendaré los ojos, tú me pondrás cada objeto cerca de mis narices y yo te diré si el objeto es mío o no. Si pierdo, te agenciaré un buen aumento salarial con mi padre, si gano, deberás besarme los pies durante 7 minutos. ¿Vale?

 

Dudé por unos segundos. Me compuse el corbatín y casi sin medir las consecuencias dije:

 

 -Me la juego.

 

Dicho y hecho. Subimos a la alcoba de la señorita Gil, casi a hurtadillas para que nadie supiera de nuestra jugarreta. Cuando entramos, lo admito, su dormitorio era un sueño. Muy parecido a la morada de un sultán: cortinas y alfombras de diseño árabe por doquier, cuadros de Goya, Dalí, Picasso y Guillén, enseres de la más fina calidad le daban un toque mágico al lugar, sumado a la rica fragancia que emanaba de cada arista de la habitación. Mis sentidos estaban simplemente enajenados de tanta opulencia.

 

-Pues bien, ya estoy vendada. ¿Listo para la derrota, descocado?

                            

-Eso lo veremos -le dije, herido por el término que ella había utilizado para referirse a mí.

 

-Empieza, pues descocado -profirió ella, retorciendo la boca.

 

-Maldita altanera -musité.

 

Tomé de la mesa una tarjeta de crédito de dos que había, se la pasé por la nariz y concluyó:

 

-Es mi tarjeta de crédito. Una MasterCard, dorada, la cual tiene acceso a una cuenta en dólares que se puede usar a nivel internacional.

 

-Cierto -confirmé, volviendo la mirada a las tres amigas, quienes hacían las veces de jurado, o quizás de cómplices de un fraude.

 

 

-Empuñé una tanga azul y se la acerqué a la nariz, como perro sabueso, la olfateó y dijo:

 

 -Es ropa interior, añil, es de mi hermana menor.

 

Le puse la otra, y esbozando una sonrisa infirió:

 

-Es mi tanga, color rosa, de Victoria´s Secret, tiene 2,000 pequeños corazones de diamante imitando el fuego. Importada directamente de Columbus, Ohio.

 

Acertó. Esta vez levanté una botella de vino, se la acerqué y de inmediato dedujo:

 

-Es un Doble Mágnum de Vega Sicilia, 1987. Único de las añadas, firmado por Pablo Álvarez. Mi vino preferido. Su venta está prohibida a la plebe.

 

Deslumbrado por tan magnifico despliegue de informaciones, aclaré la garganta, agarré una almohada e hice el mismo ritual.

 

-Es mi almohada. Nívea como el Reino de los Cielos y mullida como el algodón. Está hecha de de plumón virgen de oca y pato adulto europeo Ni el Rey Salomón se vio con una como ésta. Fue traída del Reino Unido.

 

Bueno, casi derrotado, tomé un cartel de una celebridad y de inmediato rechazó que fuera de ella. Le puse el otro y declaró:

 

-Es mi cartel favorito. Ella es Marylin Monroe, actriz, fue un símbolo sexual en los Estados Unidos en los 50's y principios de los 60's. Una verdadera personificación del glamour de Hollywood. Una mujer casi tan bella como la que te revela estos datos.

 

Esta vez agarré un vestido y se lo pasé un poco distante para confundirla, pero inútil, de inmediato dijo:

 

- Hubert de Givenchy, mi vestido negro. Además de diamantes, tiene un corpiño de pedrería con tirante por el cuello. Hice que le pusieran 3.000 cristales Swarovski. Mi padre me lo compró cuando viajamos en crucero por El Mar Mediterráneo y las islas griegas.

 

Abrumado en gran manera, le coloqué el último objeto con mucha cautela por tratarse de una pistola, y ella sin mucho afán, coligió:

 

-Es mi pistola. Una Colt 1911 calibre .45 ACP, cromada. Me la regaló un enamorado, militar del Pentágono, cuando mi padre y yo visitamos las instalaciones de ese cuartel general.  

 

-Es usted muy talentosa, señorita Gil. Sin embargo, ruego que me conceda la gracia de una última prueba -incité llanamente.

 

-Cedida, perdedor. Yo soy la mejor. Soy perfecta.

 

 

Asentida la oportunidad, eché una mirada a la habitación de hito en hito. Nada me llamó la atención. Debía ser algo que la derrotara de una vez por todas, o si no tendría que agacharme a besarle los pies como una Magdalena. Esto sería mi más terrible humillación, ya que cada una de sus amigas portaba una cámara digital para tomarme fotos, que de seguro las publicarían en revistas o la Internet. Como un destello de luz bajado del Cielo, fui al baño y regresé, raudo. Le pasé lo que traje por la nariz lo más cerca posible, ella se sacudió de sobresalto y exclamó, turbada:

 

- ¡Pero qué olor tan horrible! ¿Qué diablos es? ¡Apesta!

 

-Es papel higiénico. Es su mierda, señorita. Al fin y al cabo, usted, señorita Gil no es tan perfecta como parecía. ¿O me equivoco?

 

Ella me abofeteó y se echó sobre la cama a llorar, mientras sus amigas trataban de consolarla.

 

Y esa fue la historia, de la que pude deducir que lo único que verdaderamente nos recuerda tanto a ricos como a pobres que somos iguales, es la mierda. ¿Cierto?    

 

 

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Comentarios OLORES INCONFUNDIBLES

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
No puedo creerlo, esto está para morirse de la risa...
Lo dicho, que manera tan sublime de ubicar  a los seres humanos en la realidad, aunque inexorablemente el tiempo lo hace siempre, ahora bien,  con esta lectura te puedes  ahorrar muchos años...jajajajajajajajajajajaja
felicidades Jhovanny esta buenísimo.Creo que no voy a para de reirme durante un buen rato, sobre todo cada ves que vea a algunas amigas y amigos.
Saludos.
Anónimo 15/07/2008 a las 20:13
Olvide dejar mi nombre....Ahora si espero tener tiempo para hacer las presentaciones que te prometí. Solo que por cuestiones de esclavitud no había tenido tiempo para regocijarme leyendo tu obra...
"Olores Inconfundibles" esta genial para mandarlo a algunos amigos..jajajajajajajajajajajaa.
Saludos.

Luis Fernando 15/07/2008 a las 20:38
Hola, me alegra que te gustara la obra,
pues sí, nunca debemos olvidarmos que
fuimos hecho del barro y que al barro hemos
de volver inexorablemente, así será siempre,
saludos,
jhovanny
Anónimo 16/07/2008 a las 04:01

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