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Opinión Póstuma

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Opinión Póstuma
Jhovanny Martes Rosario
14 de mayo, 2017

 

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César Rúa era un reconocido médium de la provincia de San Juan de la Maguana, quien tenía la fama de haberse comunicado con muchos difuntos. Desde hacía un tiempo atrás que, mortificado y pinchado por la curiosidad, quería averiguar lo que opinaría de la miseria de la República Dominicana, de boca de su principal fundador y gran defensor, Juan Pablo Duarte Díez. Además también quería escuchar la opinión del primer presidente de la República, y quien una vez tuviera la osadía de anexarla en 1861, el General Pedro Santana.


Para ponerse en contacto con Duarte y Santana, el médium convenció al Senador peledeista por la provincia de Santiago de los Caballeros, Ovidio Pedernales, y al Senador perredista por la provincia de Samaná, Sebastián Ramírez, a que le sirvieran como sus agentes de comunicación para la actividad extrasensorial. El trío acordó reunirse secretamente en el hemiciclo de la cámara senatorial. Todo se debía hacer de noche, pero antes de que el reloj marcara las doce de la noche, ya que, según el médium, es el mejor horario para comunicarse con las almas del más allá.


Eran las 9:30 pm. El hemiciclo senatorial estaba en completo silencio. Todos se sentaron alrededor de una mesita redonda, sobre la que había un velón rojo, algunas piedras ágatas, un cuadro con la imagen del Arcángel Miguel y Lucifer, y un crucifijo negro. Prestó todo, empezó el  ritual. Los senadores se miraban de vez en vez de reojo como niños asustados. El escalofrío fue apoderándose tanto del senador Perdernales que hasta intentó ponerse de pie de su asiento para retirarse del lugar, si  no hubiera sido por el senador Ramírez, quien lo detuvo raudo y discretamente poniéndole una mano en la pierna y diciéndole con la mirada algo así como "quédese aquí, pendejo".


Una vez que los cuerpos de los senadores fueran poseídos por las almas de Duarte y Santana, a estas se les persuadió para que salieran de los cuerpos temporalmente. ¿Para qué carajo? Pues para dar un recorrido por el territorio nacional y que percibieran  la realidad socio-económica en que vivía el dominicano común. De este modo, y por primera vez en la historia, estos dos personajes tan opuestos en valores y principios patrióticos, andaban juntos como Don Quijote y Sancho o Batman y Robin. Pasaron por urbanizaciones y residenciales donde la bonanza y vida fácil de unos pocos contrastaba con la vida miserable de los que malvivían en los empobrecidos barrios y cañadas, los muchos. El recorrido fue raudo, pero suficiente para hacerle una radiografía acabada a la media isla del caribe.


Cuando regresaron a sus respectivos cuerpos receptores, los antiguos personajes se miraban de vez en cuando como trataron de averiguar lo que el otro pensaba de la situación del país. Entonces, el médium aclaró la garganta, y preguntó:


-¿Quién quiere hablar primero?


-¿Cuál es la pregunta? – Se apresuró Santana a través de la voz receptora del Senador de Santiago.


-¿Anexaría usted el país a una potencia extranjera para sacarla de la miseria o piensa que todavía hay esperanza de que se convierta en una nación próspera y fuerte mundialmente?


-Sí. Lo anexaría mil veces sin dudarlo – contestó presuroso, Santana.


  -¿Por qué? ? Interrogó el médium, curioso.


– Las naciones pequeñas como las empresas pequeñas – dijo Santana al pausar para mirar a Duarte fijamente – Siempre estarán condenadas a los arbitrios e intereses de las naciones poderosas. Es una constante histórica. Los pueblos pequeños como los individuos de escasos recursos económicos no se pueden gobernar solos porque siempre serán presas fáciles de los que contralan el dinero y las armas. Siempre será así. En este mundo puedes soñar, pero con los ojos abiertos y pisando tierra, siempre y cuando no sea movediza. Este país es una ignominia nacional. la droga se ha adueñado de la sociedad completa, la entidad del orden público y la entidad castrense están corrompidas y pocos preparadas, la juventud está perdida en promiscuidad y vanidades, la iglesia no predica el amor, sino que vive de la política, los hombres abusan a las mujeres, los niños no quiren ir a las escuelas porque no encuentran inspiración en esas cuatro paredes, las niñas ya no la dejan jugar con muñecas, las usan para hacer el amor y casarse, y mucho más porquerías y bajezas... ¡Anexión!


El médium miró a Duarte para ver si detectaba alguna reacción en su rostro por el comentario de Santana, pero su rostro no decía casi nada. De hecho Duarte pareciera estar más interesado en manosear las bolitas del crucifijo que había en la mesita que en la misma opinión de Santana.


-¿Y usted, señor, Duarte, anexaría el país a una potencia extranjera para sacarla de la miseria o piensa que todavía hay esperanza de que se convierta en una nación próspera y fuerte mundialmente?


Hubo un momento de silencio para escuchar la opinión del autor principal y sin discusión de la Patria. Nadie movía un dedo. La respiración se hacía pesada y casi sofocante. Los latidos de los corazones se aceleraban como las ruedas de un tren que aumentaba su velocidad. Duarte fijó su mirada en la Bandera Tricolor que estaba en la pared, luego bajo el rostro como si estuviera avergonzado de algo, suspiró profundamente y dijo casi a regañadientes:


  -Si sabes leer bien el epitafio de una lápida, por lo regular dice: D. E. P. (descanse en paz). ¿Para qué tratar de fastidiar con asuntos terrenales lo intangible que está tranquilo y que espera resurrección para vida eterna?


-¿Pero eso no contesta la pregunta, señor – insistió el médium.


-El señor, Duarte piensa lo mismo que yo – intervino Santana con una sonrisa irónica.


-Tú, te callas, Santana. Siempre serás el mismo tipo de caballo y espada de toda la vida – dijo Duarte sin mirarlo.


-Todo esperamos una respuesta honesta y clara de usted, señor Duarte. Dígala antes de que el reloj marque las doce y se desvanezcan. – volvió a insistir el médium.


  -Lo único que puedo decirles es que los cuervos también podrían traer un ramito de esperanza a una barca que se hunde…


Al decir esto, el reloj dio las doce, y las almas salieron de los cuerpos de los senadores impetuosamente.

 

 

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