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El perro del ataud

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El perro del ataúd

Jhovanny Martes Rosario

5 deJunio del 2005, 9:23 a.m 

 

 "Las apariencias engañan."


En el punto de fuga de la calle polvorienta se asomaba, mansamente, el entierro; y entre los pies de la multitud de rostros rígidos, un perro renco bregaba por no dejarse pisotear. Allá, en el horizonte de la calle, el vapor caliente del sol reverberaba como llama cristalina. A medida que se aproximaba al cementerio, más gente del pueblo se le congregaba de manera autómata.


Cuatro hombres –cansados y sudorosos–, cargaban el ataúd en sus hombros. A nadie se le escuchaba cuchichear ni aun volverse los rostros. Parecían una legión de zombis caminando en línea recta hacia un holocausto en masa. El pueblo, con su mudez y frialdad, daba la sensación de ser una extensión territorial del camposanto. A lo lejos, se veía ocasionalmente una cortina de polvo elevarse al cielo en espiral. El calor era sofocante. Por la calle sur de la intersección se acercaba Martina, la marchanta, pregonando sus frutas a pulmones abiertos, mientras que los del entierro venían por la calle este del mismo cruce.


Martina era madre de tres hijos pequeños y mujer de un hombre bohemio y por demás, andariego, quien se daba la tarea de salir del hogar por varios días, dizque en busca de trabajo, pero solía retornar, borracho y con los bolsillos vacíos. No obstante, ella no dejaba morir de hambre a sus hijos, se ganaba el pan como fuera. Iba de pueblo en pueblo vociferando sus frutas. Caminaba varios kilómetros sin beber agua, tenía resistencia de mula. Era flacucha y de baja estatura, de una belleza indígena sin igual. Poseía una perspicacia fuera de lo común.


Era la última venta del día, estaba sudada y un tanto maloliente. Al sentir la lejana presencia de los caminantes vociferó sus frutas a los cuatros vientos con descomunal fuerza para atraerlos, pero allí, en el recodo de las calles, al ver el entierro asomarse, apagó su ruidosa voz. Se persignó y observó con asombro, la larga y silente fila. “¿Quién moriría en este pueblo?” Pensó la mujer, ensimismándose y, picada por la curiosidad se congregó al grupo para enterarse de los pormenores del sepelio. Se aproximó a un muchacho con aspecto de lazarillo y sin apenas presentarse le preguntó: “Oye tú, muchachito ¿quién murió por aquí?” pero éste como si la cosa no fuese con él, no contestó y siguió su camino con esquiva actitud.


La mujer medio indignada por la descortesía, se apeó la canastilla del babunuco y se la colocó en el costado derecho, y chasqueando los labios, dijo: “Mocoso del carajo. Se ve que nunca ha cogido un libro en la mano.” Dio una mirada a la redonda, barriendo como lechuza todo el perímetro y, al ver a una adolescente de ingenuo rostro, quiso probar suerte con ella. Convencida tal vez por la hipótesis de que: la lengua confiesa más rápido en la edad del pavo que en la adulta. Sin pensarlo más, se acercó a ella y le preguntó con voz melosa: “Oye, muchacha ¿a quién llevan en ese ataúd?” la muchacha la miró de reojo y, aceleró el paso sin responder. Ante tamaño desdén, Martina quedóse boquiabierta. “Jódete.” Gruñó, a la vez que se rascaba la cabeza, más perpleja aún.

Mientras la gente avanzaba con el entierro, el perro olfateaba y topetaba entre los empolvados pies. Por su parte, el párroco bisbiseaba el rezo seguido de un hombre de quijotesco aspecto quien, a usanza de los vía crucis, cargaba una cruz, hecha de palos de guayabo. En el lento avanzar al cementerio, nadie plañó ni suspiró por la muerte del difunto, sólo el sonido macizo del zaparrastrar de las suelas parecía condolerse de la muerte. Martina preguntó a otros sobre la muerte del pueblerino, pero nadie le contestó, sólo obtuvo insultos a granel.


Martina, azorada por el singular suceso, se detuvo un momento a meditar, colgó de su antebrazo la canasta, de la cual relució el fulgor metálico de un cuchillo, oculto entre las frutas. Mientras ella reflexionaba, la gente le pasaba por el lado como la mansa corriente de un río que al deslizarse mudamente, acaricia las rocas salientes de las riberas. Pero un tibio chorro de orina canina la sustrajo de su trance. Furiosa, clavó su mirada al perro, el cual la observó por encima de sus ancas sarnosas, con cara de arrepentido. La mujer sacudióse el pie, buscó con la mirada una piedra para descalabrarlo y al no encontrar una, exclamó: “Perro malo, reza por tu miserable vida.” Dicho esto, se precipitó al can y le encajó, con tamaño ímpetu, la madre de las patadas en un costado, que lo hizo rodar y aullar de dolor, sobre el suelo.


Harta de no conseguir respuesta, malhumorada, alzó la jeta al cielo como lobo en el vértice de un monte y gritó: “¡A quién diablos entierran en este pueblo!” pero mientras más aullaba, más se replegaba la lengua de la muchedumbre. No hubo artimaña ni ruego algunos que hicieran romper el silencio de aquel pueblo. La mujer sólo se agenció más desestimación y uno que otros empujones. Al llegar al cementerio, ya la fosa estaba cavada. No hubo para la tumba: losa sepulcral ni flores, sólo la cruz sin epitafio que trajo aquel hombre enclenque la adornaría. Los hombres apearon el ataúd quejosamente, se secaron el sudor con los dorsos de las manos y, se quedaron de pie frente al ataúd con la verosímil postura de una hilera de soldados ante su general. El párroco continuaba musitando el rezo, al tanto que roseaba de agua bendita el hoyo y el féretro, hecho esto, dio la orden de sepultar el cadáver, sin panegírico.

Cuando la mujer vio que todo el misterio de la esa defunción quedaría sepultada para siempre en las entrañas de la tierra, el tridente de la desesperación la aguijoneó de tal forma que: la sangre le hirvió, el corazón le latía a gran velocidad, las manos empezaron a sudarle, entonces, resuelta a desmantelar el misterio, se arrojó al ataúd con la intención de destaparlo, pero los cuatro hombres intervinieron con rapidez y la detuvieron al punto. Y ella al verse acorralada como gacela por una manada de leones: pataleó, vociferó, lanzó fieros zarpazos con sus uñas, pero nada le valió. La gente sólo la veía como a una loca, como a una entremetida de la loma.


Una anciana, hastiada del melodrama de la mujer, se acercó a ella, la tomó de un brazo y le dijo, salpicándola de saliva al hablar: “Imprudente loca, no tienes derecho a saber a quién enterramos en nuestro cementerio, mejor vete.” Cuando la anciana trataba de convencer a la mujer de que se marchara, el perro salió de entre los pies de la gente y se acercó a olfatear a la mujer, quien al recordar la “meada” que le dio, lo miró con tirria, y se le zafó a la anciana para encajarle otra patada al perro, pero éste se le escapó a tiempo y se atrincheró tras el ataúd.


“Me iré cuando sepa a quién entierran aquí.” Dijo la mujer, señalando la fosa con su dedo índice.


“Nunca lo diremos, el patrón nos prohibió hablar de esta muerte.” Reveló la anciana cruzando sus brazos sobre su pecho destemplado.


“¿Patrón? Ah, su patrón. Bueno…al menos díganme de qué murió y me iré.” Dijo la mujer en forma de ruego.


La anciana volvió su rostro a los demás, como quien busca aprobación para hablar, entonces cuando el párroco asintió con un leve inclinar de cabeza, la anciana reveló:
“Fue matado a tiros porque se acostó con la mujer del patrón.”


“¡Condenado hereje! ¿Y qué le pasará a quien diga el nombre del muerto?” inquirió la mujer, ya un poco conforme, al tanto que recogía las frutas que desperdigó cuando se alborotó.


“Debe morir por órdenes irrevocables del patrón.” Agregó uno de los hombres que trajeron el ataúd.


El perro olfateaba el ataúd sin tregua, rodeándolo por entero, hasta llegar a la cabecera donde al descuido de todos, encaramó las patas, resbaló e hizo rodar la tapa. Cuando la mujer vio el ataúd medio abierto, mordida por esa insondable curiosidad humana que hace hasta venderle el alma al diablo por saberlo todo, se precipitó al ataúd, abriólo por entero y al ver el rostro del difunto, reculó y exclamó pasmada:


“¡Virgencita de la Altagracia, no puede ser!” enterró su rostro en las manos, volvió sus ojos, desencajados, a todo lugar como quien busca algo con la mirada y, en efecto, al ver el cuchillo a los pies del párroco se abalanzó a él, asiólo y sin mediar palabras, se dirigió al perro, el cual todavía se encontraba olfateando. Y de un tajo, le segó la vida:


“Te dije que rezara por tu vida, miserable perro”, dijo, alterada, mientras le infringía más cuchilladas en el estómago. Nadie intentó acercar a la enloquecida mujer, sólo veían con asombro, el asesinato. La anciana, como los demás, dio unos pasos hacia atrás y reclamó apenada:


“¿Por qué al perro?”


“Cállese señora, que sólo cumplía las órdenes de su patrón. El perro me dijo el nombre del muerto” explicó, mientras jadeaba.


“Pero si los perros no hablan, loca de la mierda,” profirió la anciana, al agachar la mirada.
“El mequetrefe destapó la caja y me mostró al perro de mi marido: Ruperto. Él me mostró a ese perro, a ese maldito perro que ustedes cargaban en el ataúd.” declaró la mujer, apretando la dentadura. Las lágrimas se asomaban a sus ojos abismales como río salido de su cauce.


Hubo un breve silencio. Todos observaban a Martina con desconcierto y cierta aprensión. Entonces cuando no hubo más reclamo ni preguntas, el párroco dio la señal de que sepultaran al muerto y así se hizo: lo bajaron al hoyo (junto al perro), le echaron tierra. Consumado todo, el párroco se persignó y se retiró de aquel lugar y tras él, el gentío. De rodillas, junto a la tumba, quedó la mujer, con el cuchillo empuñado aún, diciendo:


“Maldito perro. Maldito…”

 

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Comentarios El perro del ataud

bueno amiome pareciomuy interesante la historya pero no me gusto de como esa mujer loca mato al perro sin piedad.
Anónimo 13/12/2008 a las 02:11

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