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Entre las ruinas de un amor

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Entre las ruinas de un amor

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

22 de enero del 2007 (10:20 p. m.)            

 Seguramente existen muchas razones

para los divorcios, pero la principal es y será la boda.” 

(Proverbio

  

Cuando Belarminio Osorio abrió la puerta, se quedó pasmado, parado bajo el dintel de la misma. Luego de recorrer con la mirada todo el interior de la sala de hito en hito, lamentó con un timbre de voz quebrada:

 –Caray, me dejó.

 La casa quedó totalmente vacía, como si hubiera sido desalojada con violencia. Sobre el piso quedaron algunos pedazos arrugados de papel periódico, dos o tres cucarachas dispersas, patas arriba, muertas y, un bombillo fundido, hecho añicos como un cascarón de huevo pisoteado. 

Belarminio Osorio, conmocionado, dejó salir un lastimoso suspiro, acto seguido franqueó la puerta, cabizbajo, mientras el brillo de las lágrimas se le asomaba en los ojillos. Al caminar, el taconeo de sus zapatos le fue sacando ecos huecos los que fueron a rebotar de pared en pared como un sonido ahogado. En una mano traía una funda negra con las cacerolas sucias del almuerzo de ese día y en el índice de la otra traía una careta de lechones que había acabado de comprar con la intención de llevar al hijo el domingo próximo al carnaval.  

–Diablos, Nena, nunca creí que me dejarías como a un perro –dijo con flébil voz, mientras colocaba la funda y la careta en el piso.  

Se incorporó y caminó hasta el centro de la sala donde se detuvo, con ambas manos puestas en la cintura, a contemplar con espasmo, todo el vacío bochornoso que había dejado, al marcharse, la familia la que un día fue en apariencia, unida. 

Cada lugar le traía recuerdo distinto, mezclado con un sabor amargo a fracaso: un jarrito bollado, arrojado de costado sobre el fregadero y algunos huesitos masticados de gallina de la noche anterior, el revoltijo de luengas hebras de cabello cerca de la boca del desagüe del cuarto de baño, algunas hojas amarillentas adueñándose del patio anunciando la llegada del otoño. El manto de la noche fue arropando de a poco toda la casa.    

Cuando Belarminio Osorio volvió sobre sus pasos, ya sin poder más retener la pena que lo agobiaba, dejó salir las debilidades humanas transformadas en dos hileras de lágrimas serpenteantes cuando descubrió, rotas, todas las fotos de su pomposa boda, celebrada hace algunos años atrás. Ya en la habitación nupcial, exclamó con una mueca de alegría dibujada en la boca: 

–¡Qué suerte, dejó el colchón de Pablito!  

Alicaído, se dejó caer sobre aquel ajado colchón, boca arriba,  en el que solían acostar al hijo cuando apenas era un bebé. Entonces, con las manos tras la nuca y las piernas cruzadas, dio rienda suelta a todo tipo de pensamientos. La creciente luminosidad lunar empezaba ya a filtrarse por los orificios del techo de zinc.

 –¿Cómo se daría cuenta de la infidelidad? ¿Quién se lo diría? –se preguntó, inquietado. 

–¿Habrá sido, Claudia? –volvió a preguntarse perplejo, al ocurrírsele quizás que fuera su amante quien delatara su reincidente adulterio.

 Una sarta de presunciones inverosímiles se fue agolpando en su mente como una plaga de langostas exacerbadas. Después de lucubrar por más de dos horas sobre el porvenir de su vida, del hijo, de la mujer en brazos de otro hombre, de la moral social, se arrulló en el colchón con el alma hecha pedazos,  donde luego de un rato de sollozos, se quedó dormido hasta que el alba lo despertó, algo así como para recordarle que no se había soñado entre las ruinas de un amor.          

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