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Un sicoterapeuta paciente

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Un sicoterapeuta paciente

Jhovanny Marte Rosario

Un día mustio de 2004

 

 

“Cuando todo el mundo está loco,

ser cuerdo es una locura.”

Paul Samuelson

 

Ese día, Helena despertó más temprano que nunca. A pesar del estado depresivo que presentaba, se acicaló el rostro con la misma parafernalia que suelen exhibir las mujeres en el espejo cuando se arreglan para alguna ocasión especial. Esta vez, iría a la supuesta última sesión sicoterapéutica con el doctor Alfonsino Rivas. Helena hubo de someterse a varias de estas sesiones para tratar de contrarrestar sus constantes depresiones y desequilibrios emocionales.

El vaivén de sus desequilibrios emocionales, hizo que por la mente de ella desfilara, vagamente, la intención del suicidio, aunque esto no pasara de ser más que una remota opción en su fuero interior. Como tantos otros humanos, ella no había aprendido a sobrellevar la cruz que le había tocado cargar. Las cosas no marchaban muy bien que digamos para ella. Algunos meses atrás había perdido su empleo de gerente administrativa. Su matrimonio de tantos años pasaba por los mares desabridos del divorcio. Sus hijos se hundían día a día en el bajo mundo de las drogas, el alcohol y el sexo promiscuo. El mal uso de sus ahorros en compra de ropa y baratijas en vez de fungir como un antidepresivo para ella —como se lo había propuesto—, la sumía más y más en cuadros ciclotímicos colosales. Su irritabilidad la había hecho agenciarse el repudio de amigos, vecinos y seres queridos. La relación con sus propios padres iba de mal en  peor. Y  esa sociedad de siempre que no sabe pasar por alto los errores ajenos y los condena sin indulgencia, la hostigaba hasta el hartazgo. La tolerancia de Helena se desgastaba de a poco como el pabilo de un candil encendido.  “¡Qué vida más miserable me ha tocado vivir!” Se quejaba. 

La desesperanza la arrastró tan lejos que, ella misma se dejó atrapar por los tentáculos constrictores de los desatinos. En fin, su vida —según ella—, era una mancha apestosa en el mundo. No obstante, Helena quien ya frisaba los 40 años, aún lucía ese garbo lozano y extraño en el cutis que a los mismos años se le es difícil de ajar, aunque al final ceda de manera irreversible.

Cuando Helena llegó a la Recepción no vio a la secretaria del sicoterapeuta por ningún lado. En consecuencia como la puerta que daba acceso al consultorio estaba entornada, la tocó varias veces y al no recibir ninguna respuesta, se tomó la libertad de franquearla de perfil. Tan pronto estuvo allí, dio un raudo vistazo al entorno del lugar y reparó que casi estaba vacío, y por un instante tuvo la sensación como si estuviera en una estepa y que ella era algún tipo de animal solitario.  

Entre los escasos ajuares que había visto, había: un viejo diván, rasgado en la cabecera, un escritorio pequeño y berrendo –sin muchos adornos-, un anaquel desvencijado con dos o tres libros atisbados aparatosamente, el primero de arriba era de la autoría de Erick Fromm, intitulado: “Anatomía de la destructividad humana.”  Un tocadiscos compacto con la tapa descompuesta, colgado en la pared, una cruz de madera del Nazareno con la mirada oblicua, y un diploma amarillento.

— Buen día, señora, Helena. No la esperaba hoy — comentó  él, con un metal de voz atenuado.

— Mi cita con usted estaba fechada para hoy, doctor. ¿Ya lo olvidó? ¿Dónde está su secretaria? ¿Qué ha ocurrido con el mobiliario de su moderna oficina? —conminó ella, un tanto molesta, luego de colocar su cartera sobre el borde del escritorio.

— Todo está igual, señora. Nada ha cambiado  —arguyó él con cierta socarronería.

—Esta debe de ser una de sus bromas, doctor. De cualquier modo, quiero que sepa que yo ya no aguanto más. Estoy cansada de maldita vida…

Ella dejó de hablar de súbito. Él, como si no le importara lo que ella fuera a decir, se levantó del asiento de manera mecánica y se dirigió al tocadiscos y de inmediato hizo sonar a “Claro de Luna”. Ella, por su parte, lo seguía con la mirada, estupefacta. El doctor entonces se dirigió al diván, lo sacudió  con su pañuelo, se recostó sobre él y acomodó la cabeza en el almohadón.  Puso las manos sobre el pecho y respiró hondo. Cuando ella se acercó a él con clara intención de indagar, él, como olvidado del mundo, empezó a decir:

Como usted ha de saber doctora, mi vida es un verdadero asco. La mujer a quien más amé y seguiré amando con locura indescriptible, Martha, hace un mes murió de cáncer. Murió en mis brazos, con una sonrisa en los labios. ¡Ay, si la hubiera visto, doctora!  ¡Si la hubiera visto! Yo la amé con locura, doctora, con locura…

Helena, lo miraba, confundida, mientras él daba rienda suelta a todas sus emociones, ajeno a todo lo que le rodeaba. No volvía el rostro a ninguna dirección, su mirada estaba clavada en el techo.

“... murió, pero me dejó un hijo, doctora. Mas la vida jugó sucio conmigo, porque a la  semana de haber nacido mi hijo, enfermó de repente y sin causa justifica aún, Dios decidió arrebatármelo. ¡Murió, doctora! ¡Murió sin haber disfrutado de esta vida! ¡Era tan chiquito, doctora! ¡Era tan chiquito!

Ella, suspiró profundamente, carraspeó su garganta al tanto que se manoseaba, nerviosa, la luenga cabellera una y otra vez.

“...y ayer, doctora...ayer mi médico de cabecera me reveló que yo tenía SIDA. Me dio dos años de vida, doctora, quizás menos. Y yo…yo no quiero morir ahora. Quiero vivir. ¿Comprende usted? Quiero vivir. Vivir.

Helena buscó una silla, y luego de acomodarse, se acodó sobre las piernas y puso las manos bajo la barbilla. Estaba como pasmada por el testimonio garrafal que escuchaba de quien, se suponía, no debía presentar esos rasgos de desesperación humana.

 “...hoy... hoy, encuentro unos documentos sobre mi escritorio en donde me daban dos semanas para que desalojara mi oficina, en la que he desempeñado mi profesión con tanta devoción. Como usted entenderá, doctora, cuando la gente se enteró de mi infortunio: los clientes empezaron a desaparecer, de este modo mis finanzas menguaron notablemente.  Mis amigos me abandonaron. Y la ausencia de ellos  y mis seres queridos consumieron poco a poco mi corazón. ¡Todos, doctora, todos me dejaron! ¿Dónde se esconde Dios cuando más lo necesito? ¿Dónde? ¿O es que en verdad Dios no existe? De cualquier modo, yo, yo quiero vivir, doctora, yo quiero vivir —. Él no expresó más palabras y se estuvo quedo como si en aquel lugar  no estuviese nadie más que él y su locura.

Ella, un tanto turbada, se acercó al doctor,  le dio algunas palmaditas en el hombro, y dijo:

—Ánimo, hombre. No se rinda ahora —. Acto continuo, buscó su cartera para retirarse, se la colgó en el hombro derecho y agregó con marcado hastío: —La vida, doctor es una mierda, pero casi nadie renuncia a su hediondez.

 Y en el momento de trasponer la puerta, se detuvo bajo su dintel, miró al hombre aquel por encima del hombro izquierdo y  murmuró:

“Este planeta está poblado de locos.”

Él, aún con ambas manos puestas en el pecho con la verosimilitud de un practicante del desdoblamiento astral, fue cerrando los ojos con pesadez, mientras la sinfonía aquella pareciera ahogarse en la angustia de su propio declive.

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios Un sicoterapeuta paciente

Excelente el relato Jhovanny. En un momento, al final del cuento, pensé que el psicoterapéuta  había finjido su locura para impedir el suicidio de la muchacha, aunque dicha escena pienso que tuvo sus efectos positivos, en realidad el hombre estaba loco. ¿No es así?

"Cuentan de un sabio que un día
 tan pobre y mísero estaba
que sólo se sustentaba
que sólo se sustentaba
con la hierba (estiércol) que cogía
¿Habrá otro? entre sí decía,
más pobre y triste que yo?
y cuando el rostro volvió
vio que otro sabio cogía
la yerba(mierda) que él arrojó."

Calderón de la Barca
Ysac R. Vásquez Ysac R. Vásquez 31/12/2010 a las 19:53
hola jhovanny esta  bueno el relato para reflexionar, porque a pesar de lo mal que pueda estar o sentirse cada ser humano lo que me deja de moraleja,es que siempre va haber alguien en el mundo que este peor y que hay que saber sobrellevar la cruz que pesa en cda uno de nosotros de la manera mas inteligente y menos dañina que exista.aun me deja pensando que harian ellos por sus vidas para mi seguirian luchando.... a pesar de sus desvastadas vidas el sentimiento de lucha esta en su interior y eso es el lo que vale porque ella busco ayuda profesional y el doctor a  pesar de lo mal que se sentia pudo compartir su angustia en busca de una solucion y poder compartir su dolor.
romina calvo romina calvo 03/12/2011 a las 20:45

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